Discapacidad y lucha de clases: El ejemplo de ASMIBA

Desde Badajoz para el Periódico CNT en la web

Cualquier estrategia de resistencia, de combate al sistema, tendrá que pasar por la preocupación y la implicación real (y no desde una solidaridad abstracta) por la existencia, por sostener la vida”.
(María Puga Fidalgo, 2014).

Nada hay tan olvidado en la lucha de clases como el papel invisible de las personas con discapacidad y diversidad funcional. Un colectivo que no suele aparecer ni siquiera en la retaguardia de las luchas y conquistas sociales, excluido del mercado laboral y del mundo obrero. Vinculado injustamente al ostracismo social y al estigma de la dependencia institucionalizada. Vinculado hasta el absurdo al mundo del deporte, curiosamente uno de los ámbitos predilectos de las entidades bancarias para su supuesta obra social.

Este año en el que el planeta entero muestra su rostro vulnerable y discapacitado ante el reto de la pandemia global es justo reivindicar el papel activo y de trincheras de los movimientos asociativos de personas con discapacidad. Este año se cumple el 39 aniversario de la fundación de ASMIBA, la Asociación de Minusválidos Físicos de la Provincia de Badajoz, escuela clandestina de militancia obrera.

Si alguien se tomara la molestia de buscar en internet no encontrará nada sobre ASMIBA. El único registro visible es la cicatriz arquitectónica del solar en el que una vez estuvo la sede de la asociación, para más inri el único edificio de toda la calle que ha sido derribado. Sin embargo es una cicatriz de solidaridad y apoyo mutuo intemporal, imbatible e invicta.

Y pese a que ya no tiene sede y hace mucho que cesó su actividad, todavía su sombra se extiende hasta nuestros días como un fantasma, recorriendo Extremadura, Europa y más allá, como en un secreto homenaje al Manifiesto Comunista. Su centro neurálgico era la academia de mecanografía, en la que un puñado de jóvenes y no tan jóvenes de un barrio lumpen y proletario de Badajoz aprendían algo más que a teclear en las ya hoy extintas máquinas de escribir.

ASMIBA era un espacio de aprendizaje, de encuentro, de ocio, de cultura, de lectura. Ubicado en el hoy gentrificado Casco Antiguo de la ciudad pacense, en una época (en los 80 y 90) en la que el miedo a entrar en el barrio era el sentimiento habitual para cualquiera que no viviera allí. Y no solo miedo, también desprecio y racismo. Un barrio marginal, conflictivo y degradado. En cuarentena social permanente. De él proviene el Edificio Metálico del mercado de abastos de la Plaza Alta que hoy orgullosamente luce la Universidad de Extremadura. Y en la Plaza Alta estaba el colegio (años después reconvertido en comisaría de policía) al que fueron muchos de los aprendices de mecanografía de ASMIBA.

El profesor de mecanografía, Pepe Sanguino, era también el presidente de la asociación, el alma de la asociación. Su capacidad de gestión y liderazgo era asombrosa, eso sí, sin alharacas. Un ejemplo de emprendedor social. Una de esas personas que bien merecería un reconocimiento público e institucional como la Medalla de Extremadura por su labor social, para que no quede en el olvido.

Es preciso rescatar del olvido un trozo de historia y de geografía maltratada y despreciada por muchos, que ejemplifica a la perfección las dinámicas capitalistas de expolio y exclusión, de discriminaciones múltiples y de ‘discapacidad social’ para integrar a sus miembros más vulnerables.

Los cursos de mecanografía que se impartían cada tarde en la sede de ASMIBA constituían el emblema de la actividad social principal de la asociación, a cuyas clases asistían principalmente jóvenes del barrio, la mayoría adolescentes desahuciados del sistema escolar, confinados en la miseria, sin futuro y sin recursos, carne de emigración, vecinos del gueto, donde eso de estudiar ni era prioridad ni estaba bien visto. Vecinos de ese barrio amurallado de clase trabajadora y lumpen, periférico y marginal de Badajoz. Jóvenes que algunos y algunas hoy son ingenieros, economistas, profesores de universidad, directores de colegio, pequeños empresarios, expertos en riesgos laborales, militares de carrera, miembros del equipo directivo de grandes empresas, etc.

ASMIBA es un espejo de dignidad social. Es preciso rescatar del olvido un trozo de historia y de geografía maltratada y despreciada por muchos, principalmente a causa del reciente boom turístico y de los procesos de gentrificación y ‘amputación social’ sufridos en ese barrio pacense, pobre y obrero, que ejemplifican a la perfección las dinámicas capitalistas de expolio y exclusión, de discriminaciones múltiples y de ‘discapacidad social’ para integrar a sus miembros más vulnerables.

En este contexto ASMIBA, desde su posición humilde, juega un rol protagonista, crucial, pionero, de vanguardia, en la (trans)formación y (re)configuración de un nuevo horizonte de superación, en común, en la intersección de múltiples debilidades e identidades frágiles socialmente condicionadas y concatenadas: discapacidad física, marginalidad social, analfabetismo, violencia patriarcal y maltrato infantil, precariedad laboral, pobreza y juventud en riesgo de exclusión.

Poniendo particularmente en valor la mirada feminista de ASMIBA, en concreto, la dimensión de cuidados y su función pedagógica. Puesto que en ningún otro sitio como en el sector educativo se despliega con más fuerza el desarrollo de las capacidades cuidadoras, cuyo altruismo desinteresado resiste contra viento y marea los envites neoliberales, más si cabe en ASMIBA.

ASMIBA se redescubre así como referente y antecedente de una práctica revolucionaria y feminista que une pasado y presente, una práctica transformadora al estilo que proponía Karl Marx y de pensadores actuales con discapacidad física como Alexandre Jollien. Un estilo revolucionario capaz de subvertir incluso la clásica iconografía y el imaginario colectivo tanto de la lucha obrera y sindical (tan dividida y obtusamente marxista) como del cine de superhéroes y villanos (tan increíble y ciegamente individualista).

ASMIBA, con su presidente y maestro a la cabeza, José Sanguino, y a través de sus clases de mecanografía, constituye un ejemplo ilustrativo y germinal del movimiento asociativo emancipatorio y empoderador, de la lucha por la igualdad de oportunidades y los derechos humanos de las personas con discapacidad física, abriendo un nuevo horizonte de luchas compartidas –en una suerte de modelo matrioska– junto con otras personas afectadas/dotadas por capacidades diversas de origen discriminatorio múltiple (físico, racial, económico, de género, de edad) bajo el eje común de la clase social. Bajo la conciencia común y a contrarreloj de construir un movimiento social de resistencia para librar la guerra del capital.

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