DOSIER: Ni Dios ni Amo | Ilustración de LaRara | Extraído del cnt nº 440
«Me volví hacia ella y la agarré del pescuezo. Hice todo lo que pude por matarla. Mi excusa, si estuviera en un tribunal de justicia, sería que actué en defensa propia. Si yo no la hubiera matado a ella, ella me habría matado a mí. Habría arrancado el corazón de mi escritura.»
De esta manera exterminaba Virginia Woolf, en una conferencia pronunciada en enero de 1931 para la Women Service League, al llamado «ángel del hogar», esa criatura mitológica que empapaba el ideario colectivo de la Gran Bretaña victoriana, un ser nacido de la mano y la mente masculina, y alabado en sus virtudes y obligaciones por poetas y escritores de la época, como Coventry Patmore en su obra «The angel in the house»: «El hombre debe ser complacido; pero el complacerlo a él / es el placer de la mujer; por el abismo / De sus necesidades condolidas / Ella arroja lo mejor de sí misma, se lanza».
Y es que las mujeres tenemos una querencia pertinaz en nacer de manos masculinas. O de costillas, o de cabezas, como en el caso de Atenea, esa casta diosa griega, protectora de guerreros, de campos y simientes, sabia, pero casta y doncella. De hecho, su epíteto «Pártenos», el que da nombre al templo más famoso de la Acrópolis ateniense, significa literalmente «virgen». Y así se mantuvo y se mantendrá en el Olimpo, ignorante (o no) de que una mala traducción de su calificativo del hebreo al griego clásico originó el dogma de la virginidad de María en la teología del cristianismo. (Para más información, recomiendo los artículos de Jose Ramón Tantín Usinas). María, el referente máximo de la población femenina, el ideal de mujer, la que lo dejó todo y fue recompensada por ello con un ascenso laboral como no se ha visto otro en la historia de la humanidad: de amantísima madre, incubadora de palomas y gestadora de trinidades a ser divino mediante un proceso denominado «asunción»: cuerpo y alma directos al cielo. Luego dicen que el ascensor social no funciona.
Pero es que las mujeres nos pasamos la vida rodeadas de referentes divinos que normalmente oscilan entre la exaltación de la domesticidad o la pasión sin control, eso sí, siempre vinculadas al elemento masculino. O sometidas por él. Tan felices que estaban en Atenas por haber conseguido la protección de la diosa, y resulta que, leyendo a San Agustín en su obra «Ciudad de Dios», al parecer el historiador Marco Terencio Varrón detallaba que los propios atenienses eligieron por votación a uno de los dos dioses para que diera nombre a su ciudad. Todas las mujeres votaron por Atenea y todos los hombres por Poseidón. Ganó Atenea por un solo voto y Poseidón inundó la región. Para calmar la cólera de Poseidón desde entonces las mujeres dejaron de tener derecho al voto y los hijos no podrían tener nombres derivados del nombre de la madre. Oye, qué suerte. Para ganar el patrocinio de una diosa sólo tuvimos que perder nuestra capacidad de decisión, de palabra, y nuestra trascendencia.
Obedecimos. Y agachamos la cabeza y rezamos. Y criamos, y parimos, y cuidamos. Cuidamos tanto, que ese trabajo que hacemos de manera gratuita y altruista supondría, según las últimas investigaciones, un 40% del PIB de nuestro país.
Y es que no hay manera. Rastreando los orígenes de las divinidades femeninas más antiguas, encontramos la obra de Enheduanna, poetisa mesopotámica del sigo XXIII a.n.e., que dedicó parte de su creación literaria al ensalzamiento de la diosa Isthar, una especie de comodín divino que aparece referenciada también por la tradición sumeria y fenicia. Y de ella se dice que «… El amor conectaba a la diosa con los históricos reyes mesopotámicos, en un vínculo único que combinaba los roles de madre, esposa y hermana». Diosa madre, de exaltada sexualidad, cuyo amor mataba más que otra cosa, vengativa y amorosa, fértil (eso es muy importante), y reconvertida en la Isis egipcia o la Afrodita griega, según algunos historiadores.
Es que no se salva ninguna confesión aquí. Hasta en el hinduísmo, la deidad femenina («Deví»), aparece remarcada como complemento o consorte de una divinidad masculina de su panteón. Y para qué vamos a hablar de las religiones monoteístas: del Yaveh judío al Ahura Mazda del zorastrismo, estas macro corporaciones apuestan siempre por el líder masculino omnipotente, en una ejemplificación más de que la teoría del Techo de Cristal nos está jodiendo a todas las mujeres, humanas y divinas, desde el principio de los tiempos.
Que no sé yo, pero quizá, si profundizamos un poco, igual concluimos que el diseño de todo esto tiene que ver no sólo con la intencionalidad de las religiones en obligarnos a agachar la cabeza y constituir una masa obrera callada, obediente y temerosa, sino que, en el caso de las mujeres, además conlleva un doble plus de obediencia: a dios, (cualquiera de ellos), y al elemento masculino, que en este caso se concreta en el hombre, el súper ser, porque cada hombre tiene algo de divino en él, que ya lo decía San Anselmo en sus argumentos ontológicos. A nosotras, en el reparto, nos tocó lo peor, lo de ser putas tentadoras fácilmente manipulables por el demonio. Qué le vamos a hacer.
Así que obedecimos. Y agachamos la cabeza y rezamos. Y criamos, y parimos, y cuidamos. Cuidamos tanto, que ese trabajo que hacemos de manera gratuita y altruista supondría, según las últimas investigaciones, un 40% del PIB de nuestro país. Eso es bastante más que el escaso 5% que aporta, por ejemplo, el sector de la hostelería.
Y sobre todo, dejamos de protestar y, preocupadas por no ser consumidas por las llamas del averno, decidimos ser discretas y no ocupar el espacio público que nos merecemos, como la mitad de la población que somos. Y amamos. Amamos mucho. Tanto, que, como bien decía Kate Millet, el amor se convirtió en el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. El amor romántico como segunda barrera de contención para nosotras.
Aprendimos también que, si queríamos espacios de lucha, tendrían que ser sólo nuestros, sin injerencias masculinas. En un artículo de «El Salto», Laura Vicente comparte parte de las transcripciones de las cartas que dos integrantes del mítico colectivo «Mujeres Libres», Concha Liaño y Sara Berenguer, intercambiaron en los años 90, rememorando desde el exilio forzoso lo que fue la lucha de su vida y nuestro único referente, en muchos casos:
«La verdad Sara es que nosotras éramos quijotes por partida doble: nuestros compañeros luchaban por la liberación del proletariado sin darse, sin querer darse cuenta que nosotras, el género femenino, estábamos como seres humanos en la misma situación de indefensión con respecto al género masculino. Mis peroratas a los grupos de Mujeres Libres que se organizaban estaban inspiradas en esta premisa: nada de enfrentamiento con [el] sexo opuesto. Ayudarlos a comprender la injusticia que se cometía con la mujer… a ellos que luchaban por la emancipación del proletariado».
Y después de eso, más de cuarenta años de la Sección Femenina con una Pilar Primo de Rivera erigida en única diosa y baluarte moral, mientras cardenales y otros cargos con sotana legislaban sobre el largo de nuestras faldas y sobre nuestro útero y posibilidades laborales y personales.
El movimiento feminista aparece como en una revelación para desprogramar a la sociedad de la secta ideológica en la que se han convertido no sólo las religiones, sino las diferentes corrientes políticas y económicas que han lastrado la progresión de la clase trabajadora, y especialmente la de las mujeres. Un movimiento que se contabiliza por olas, y en el que hemos tenido que aprender a ser inclusivas, a contemplar colores, a salirnos de nuestra todopoderosa perspectiva de mujeres blancas europeas y abrazar la lucha de mujeres racializadas, excluidas en el concepto hegemónico de la lucha por la igualdad.
La verdad es que nunca hubo diosas. Tú tampoco lo eres. Eres una mujer, en toda la extensión de la palabra. Confía en eso. Y lucha.
Pero, por supuesto, la caverna reacciona. Y lo hace con inteligencia, como siempre desde hace milenios, dividiéndonos desde dentro, e incluso por dentro. Lo que presumimos hace unos años, coincidiendo con el surgimiento del 15M, que sería un nuevo impulso para nuestra causa, el #metoo, #noestassola, #solosiessi, todos esos puños en alto, se diluyen hoy en cientos de etiquetas excluyentes que nos desapegan de la unión que seguimos necesitando para que nuestras reclamaciones, justas por lo necesarias, no caigan en saco roto.
Y una vez más nos volvimos a las diosas. Sólo que ahora se llaman «coach», porque por supuesto, ninguna queremos que se nos identifique con el tufo a naftalina que desprende cualquier otra confesión, y liberamos nuestro kundalini entre varillas de incienso, tatuándonos citas motivadoras que borren el vacío.
Pero la verdad es que nunca hubo diosas. Tú tampoco lo eres. Eres una mujer, en toda la extensión de la palabra. Confía en eso. Y lucha.


Una respuesta a “Diosa y Amas (de casa): El prescindible elemento imprescindible”
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