Entre dos mundos

  • La trampa capitalista para quienes no encajamos en ningún lado

15 de marzo de 2020

Hace 6 años que nos confinamos por el COVID y hace 6 años que descubrí que tenía pérdida auditiva, yo y otras muchas personas nos dimos cuenta que estábamos apoyándonos de forma inconsciente en la lectura de labios, en mi caso había perdido el 60% de mi audición, como siempre había consumido todo con subtítulos o cascos con un volumen más alto en cierta manera lo acababa compensando y pasó desapercibido.

La ficción de la adaptación

El capitalismo tiene una relación muy particular con los cuerpos, los tolera en la medida en que producen. El cuerpo que no se ajusta al estándar productivo recibe una oferta: adáptate o quédate fuera. Esta oferta se presenta siempre como ayuda. Como una solución.

Para quienes tienen pérdida auditiva severa o profunda siempre hay una la solución universal, comprarse unos audífonos. Un dispositivo que convierte tu capacidad de participar en el mundo oyente en una mercancía. Ocho mil euros de media. A veces más. Un aparato que requiere baterías, revisiones, ajustes, repuestos. Un objeto con fecha de caducidad incorporada, diseñado para que en cuatro o seis años tengas que volver a pasar por caja.

Tu integración no es un derecho, es una oferta de mercado

El capitalismo te manufactura deliberadamente tu independencia. No se fabrica un audífono para que te funcione toda la vida. Se fabrica para que sigas necesitando pagar para que funcione. Tu capacidad de comunicarte, tu autonomía, ahora es un ciclo de consumo.

Y si no puedes pagarlo porque el Estado cubre una parte irrisoria si es que lo llega a cubrir, te mandan un mensaje: tu integración no es un derecho, es una oferta de mercado, y tú no te estás esforzando lo suficiente para conseguirlo.

Dos comunidades, dos puertas cerradas

La comunidad oyente te exige que rindas. Que te esfuerces. Que pidas que te repitan las cosas con una sonrisa. Que finjas que has entendido para no incomodar a nadie. Que te sientes siempre con buen ángulo de los labios del interlocutor, nunca en reuniones multitudinarias, nunca en salas con mala acústica, nunca en lugares con ruido de fondo, nunca en conversaciones espontáneas. Y cuando te cansas de ese esfuerzo constante e invisible, cuando la fatiga auditiva y cognitiva acumulada te está matando, no hay un nombre para eso. Simplemente se te cataloga como una persona que no se esfuerza lo suficiente o te dirán que el mundo no se puede adaptar a ti, pero yo llevo toda la vida adaptándome a él.

La comunidad Sorda, por otro lado, ha construido una cultura propia, una lengua propia, una identidad colectiva nacida de la resistencia ante siglos de opresión oralista. Esa comunidad existe y tiene un valor inmenso. Pero si llegaste a ella tarde, si nunca aprendiste lengua de signos porque te educaron en la oralidad, si tus audífonos te permitieron funcionar «suficientemente bien» como para que nadie te enseñara otra cosa, tampoco encajas del todo allí.

Este es el fracaso de un sistema que construyó dos categorías: sordos o oyentes y no sabe qué hacer con quien vive entre medias. Un sistema que prefiere mantener esas categorías antes que reconocer la complejidad real de la experiencia auditiva.

El trabajo invisible de existir

Leer labios durante horas. Completar mentalmente conversaciones de las que solo has captado fragmentos. Pedir repeticiones sabiendo que la otra persona va a suspirar después de repetir tres veces. Pedir que repitan el chiste y recibir que entonces ya no hace gracia. Rechazar planes porque el bar de tiene una acústica horrible. Perderte salidas porque para ti es el cuádruple de trabajo de seguir la conversación.  No poder ir al cine con amigos o familia porque las únicas horas con subtítulos es a medianoche. Sentir que las reuniones de trabajo se convierten en un juego de adivinanzas del que los demás no son conscientes. Llegar a casa exhausta de un día que, desde fuera, no tiene nada de extraordinario.

El trabajo cognitivo, emocional, social extra. Y ese trabajo no se paga. Se exige como condición de acceso a la vida pública, a la vida laboral, a la vida social, a la vida educativa. Si no puedes hacerlo, si el sistema no te ha dado las herramientas para hacerlo, quedas fuera.

El capitalismo adora convertir las condiciones estructurales en fallos individuales. La pobreza es pereza. La enfermedad es mala gestión del estrés. La discapacidad es falta de voluntad de adaptación. Este relato no es inocente: sirve para que el sistema nunca tenga que responder por lo que no provee.

No hay recursos porque no hay voluntad política

No se trata de que no existan soluciones. Se trata de que las soluciones disponibles no son rentables para el mercado ni convenientes para un Estado que ha decidido que ciertos cuerpos son prescindibles.

Intérpretes de lengua de signos en todos los espacios públicos. Subtitulación. Bucles de inducción en bares, restaurantes, transporte. Audífonos e implantes cubiertos al cien por cien con mantenimiento incluido. Formación obligatoria en comunicación inclusiva para quienes trabajan en servicios públicos. Diseño universal como punto de partida, no como excepción condescendiente.

Nada de esto es una utopía. Es lo mínimo. Pero lo mínimo resulta demasiado caro cuando la lógica que gobierna la distribución de recursos no es la necesidad sino la rentabilidad.

Por un mundo en donde las soluciones no pasen por el filtro del beneficio privado. Que las comunidades tengan poder real para diseñar los entornos en que viven. Que una persona con pérdida auditiva no tenga que negociar su acceso al mundo con una empresa de audiología que cotiza en bolsa.

Solidaridad frente a integración

La integración, tal como la ofrece el sistema, es siempre condicional. Intégrate si puedes pagarlo. Intégrate si produces. Intégrate si no das demasiado trabajo. Intégrate si tu diferencia no hace visible la insuficiencia del sistema.

La solidaridad es otra cosa. La solidaridad parte del reconocimiento de que ningún cuerpo es el estándar y de que los entornos son construcciones políticas.

Vivir entre dos mundos es agotador. Es un agotamiento real que pesa cada día más. Y la respuesta no puede ser individual. No puede ser “adáptate” ni «sé más proactiva» ni «usa los audífonos». La respuesta tiene que ser colectiva, estructural, rabiosa y empática al mismo tiempo.

Porque la rueda no se arregla girando más deprisa dentro de ella. Se para. Se desmonta. Se pregunta quién la construyó, para quién, y a qué coste.

Y entonces, quizás, podamos avanzar en un mundo un poco más inclusivo.

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