IA o no IA, esa es la cuestión

DOSIER: Tecnología y Emancipación | Ilustración de EmeZetaEme | Extraído del cnt nº 442

«El cerebro es un ordenador maravilloso. En una fracción de segundo puede registrar toneladas de datos, combinar y razonar hasta obtener la respuesta correcta.»
El leopardo. Jo Nesbo

Probablemente no sea la persona adecuada para escribir un artículo sobre la inteligencia artificial. Todo lo relativo al mundo digital me produce una inmensa pereza. Ni siquiera los videojuegos han conseguido atrapar mi atención. Pero desde hace tiempo corre por las bocas de niños, adolescentes y adultos una palabra de la que es imposible mantenerse al margen: ChatGPT.

Ante cualquier problema de la vida real o académica, se recurre al Chat. Así que, a fin de documentarme para este artículo, he realizado varias pruebas con él y he llegado a las siguientes conclusiones:

  • Su nivel en cuestiones relativas a la educación secundaria es bastante bueno. Según vas subiendo el nivel y vas planteando cuestiones más específicas comienza a cometer errores. Porque ahí está uno de sus mayores problemas: no sabe decir «NO LO SÉ».
  • Está programada para dar una respuesta siempre. Cuando no sabe la respuesta se la inventa. Como dijo Sócrates, solo sé que no sé nada es el primer paso hacia la sabiduría.
  • Puede crear textos, imágenes, vídeos y hasta canciones. Las posibilidades son cualquier cosa que se te pueda ocurrir. El problema es que necesita que alguien le diga lo que tiene qué hacer. De momento, es necesario un cerebro humano que le dé las órdenes.
  • Obtiene la información de cualquier dispositivo que esté conectado a internet. Esto provoca que en sus respuestas puedan abundar las referencias a una ideología determinada ya que todas sabemos cuál es la imperante en el ambiente digital.

Las consecuencias negativas que saltan a primera vista son el probable sesgo ideológico, la posible desinformación y una evidente patada en la boca a la creatividad.

A nivel laboral habrá puestos de trabajo que se verán claramente afectados. Aquellos trabajos que impliquen tareas repetitivas que siempre siguen el mismo patrón combinadas con el manejo de datos están en peligro. También trabajos que requieren cierta creatividad como diseñadores gráficos, traductores, redactores del CNT e incluso algunos programadores estamos en la cuerda floja. Los trabajos que no corren riesgo son aquellos que requieren de una mente humana detrás para resolver problemas complejos, los que necesitan de una interacción humana profunda, como la educación y la sanidad, o los que tengan un alto componente creativo que la IA no sea capaz de repetir. Tampoco aquellos que necesiten de unas habilidades físicas y motrices que, de momento, ninguna máquina haya podido reproducir.

A nivel educativo, las consecuencias ya son patentes. Como dijimos al principio del artículo el cerebro funciona como un ordenador capaz de tomar decisiones barajando datos a una velocidad sorprendente, pero si no se entrena se va atrofiando. La mayoría de los chavales y chavalas tienen serias dificultades a la hora de redactar. Que uno de cada cinco jóvenes del estado español apruebe la dictadura de Franco puede estar directamente relacionado con el abuso de la Inteligencia Artificial en detrimento de la natural.

Como con todas las innovaciones que han ido creando los seres humanos desde que el mundo es mundo, la clave es el uso que le demos. (…) Las IAs pueden facilitar trabajos tediosos pero también pueden ser una maravillosa herramienta de control, idiotización y deshumanización.

La desinformación y el aumento de las fake news también reciben un impulso gracias a estas herramientas. Son capaces de crear fotos y textos que hacen muchísimo más creíble cualquier información falsa. Y ya solo hace falta que los ingenuos e incautos humanos, a los que cada día les cuesta más utilizar el pensamiento crítico, la esparzan por doquier.

Otro problema es que son una fuente de desigualdad. El punto de partida ya es tremendamente desigual. Los dueños de estas tecnologías y de los aparatos que permiten servirse de ellas están situados, mayoritariamente, en los países del primer mundo en manos de los más pudientes de los otros. Esto podría llevar a un colonialismo digital en el que, como siempre, el poderoso Norte se va a aprovechar del vecino del Sur. Además, los sesgos incorporados a las IAs reforzarán estereotipos ya existentes relativos al género, al racismo o a la pobreza por poner varios ejemplos.

El impacto medioambiental de las IAs es enorme. No solo necesitan elementos minerales raros como el tantalio que procede del coltán, presente en todos los smartphones y ordenadores, cuyas minas están principalmente en el continente africano. Para funcionar necesitan centros de datos que están formados por procesadores que se calientan y necesitan ser refrigerados. Para ser refrigerados son necesarias ingentes cantidades de agua que no siempre son abundantes en los lugares en los que se sitúan estos centros.

A nivel de la creatividad no creo que las IAs lleguen a reemplazar a los creadores humanos. Porque estas máquinas no tienen la capacidad de que se les ocurran historias, reflexiones o frases buenas. Solo tienen capacidad de replicar lo que ya existe. En ese sentido me recuerdan un poco a los grupos tributo, a los que tocan versiones o a las verbenas. Que no digo que estén mal, ojo, que te pueden salvar la noche. Pero nunca te sorprenderán porque no crean nada nuevo. Solo repiten lo que se les ha ocurrido a otros y que saben que funciona.

Como con todas las innovaciones que han ido creando los seres humanos desde que el mundo es mundo, la clave es el uso que le demos. Un cuchillo puede servir para cortar la comida y para matar a una persona. Un hacha puede cortar leña o rebanar una cabeza. La pólvora puede crear fuegos artificiales o disparar un arma. Las IAs pueden facilitar trabajos tediosos pero también pueden ser una maravillosa herramienta de control, idiotización y deshumanización. A veces dan ganas de hacer un pequeño homenaje a los seguidores de Ludd y, al igual que ellos quemaron los telares que amenazaban sus puestos de trabajo, destruir algún teléfono móvil. O por lo menos, perderlo de vista durante un rato. O quizás yo esté equivocado y, parafraseando al jefe Seattle, solo soy un salvaje que no comprendo nada..

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