En el momento de redactar estas líneas, enormes manifestaciones se extienden por España y Francia, y nuestras secciones en esos países se encuentran en pleno centro de los acontecimientos, como no podía ser de otra manera.
En Francia, los y las estudiantes han salido a la calle para protestar por el mal estado de los institutos del país. Se han producido enfrentamientos violentos con la policía.
En España, lo que comenzó como una protesta por el desahucio de su vivienda de una mujer discapacitada de 80 años ha dado lugar con rapidez a una serie de acampadas en céntricas plazas y a una huelga general a nivel nacional, convocada para el 11 de noviembre.
Independientemente de los detalles de estas dos oleadas de huelgas y movilizaciones y de los motivos particulares en cada caso, hay algunas cuestiones que merece la pena abordar en este contexto y que son comunes a toda la clase trabajadora del mundo. La primera es la desigualdad; la otra, la eficacia de las protestas.
No nos dejemos engañar por los discursos de la extrema derecha. Las dificultades que experimentan quienes viven de su salario en la comunidad no vienen del extranjero. No las causan la inmigración, la geopolítica ni nada por el estilo. En las últimas dos décadas, los trabajadores y las trabajadoras de todo el mundo se han visto incapaces de acceder a una vivienda por sus desorbitados precios, han sufrido un deterioro progresivo de los servicios educativos y sanitarios, tienen dificultades para pagar la compra y las facturas, etc. En general, han visto cómo subían los precios, mientras que sus salarios se mantenían iguales. Esto supone una pérdida neta de poder adquisitivo y un empeoramiento de las condiciones de vida. No hace falta ser economista ni dominar las matemáticas avanzadas para entenderlo.
Al mismo tiempo, los ricos y los empresarios se han hecho aún más ricos. No un poco, sino un montón. Hay muchas estadísticas que lo demuestran y son muy fáciles de encontrar, así que no hace falta repetirlas. Esta tendencia persiste en todos los indicadores, independientemente de cómo se mida. Y esto es un problema enorme, porque el 99 % de la población se ha visto excluida de las necesidades básicas durante el mismo periodo. Vivienda, educación, energía, alimentación… lo que se te ocurra. Cuando tantos sectores atraviesan dificultades al mismo tiempo, debe de haber un factor subyacente que motive todos los síntomas. No se trata de una crisis de la vivienda ni de una crisis de los alimentos, como fenómenos independientes, sino de una crisis más general de desigualdad, que repercute en la vivienda o en los alimentos.
En segundo lugar, está la cuestión de la movilización frente a la participación en los parlamentos. En un momento en el que los ricos tienen tantos recursos que pueden comprarse el gobierno que quieran y en el que la extrema derecha está dispuesta a buscar un chivo expiatorio y ofrecer un discurso sencillo, aunque engañoso, las calles han cambiado el panorama político de forma mucho más eficaz de lo que podría hacerlo cualquier partido político. Tomemos el ejemplo de España. Dos semanas de protestas han contribuido mucho más a poner la vivienda en el punto de mira que ocho años de un supuesto gobierno de izquierdas. Esto no quiere decir que organizar campañas que culminen en multitudinarias protestas sea fácil, ni que construir las redes necesarias para una movilización exitosa no requiera tiempo y esfuerzo. Sí que lo hace. Nuestros respetos a quienes apuestan por esta vía. Simplemente, significa que cualquiera que se tome en serio el cambio del paradigma político debería optar por la estrategia que mejor permita lograrlo y dejar de perder el tiempo en quimeras de reformas impuestas desde arriba.
En cualquier caso, hay dos conclusiones principales que sacar de todo esto. La primera es que nunca te creas las mentiras de quien señala a un trabajador o a una trabajadora de otro país, como fuente de tus dificultades. Busca, en cambio, a los megamillonarios y los empresarios de tu propio país. La segunda es que empieces a organizarte ya. ¿Por qué esperar? Requiere tiempo y esfuerzo, así que no lo postergues más. ¡Únete a tu agrupación anarcosindicalista o sindicato revolucionario local!

