Autocensura: hoy día la represión más eficaz

DOSIER Represión | Madrid | Ilustración: @SUGE_SAGU | Extraído del cnt nº 430

Fraga ya lo vio en los 60. ¿Por qué dejar que los autores, periodistas o creadores se la cuelen a los censores pudiendo hacer que el miedo les corte las alas? De aquella ley de multas, secuestros y suspensiones vive la actual ‘libertad’ de información actual. Un sistema de barreras autoimpuestas que no solo llega a los medios de comunicación. Las actividad sindical también sufre la represión de la propia autocensura.

Aparentemente, quitar la censura previa en cualquier tipo de actividad o de información, es sinónimo de mayor libertad. Que no tenga que pasar por un organismo que apruebe su contenido, daría alas a cualquiera para crear, moverse y actuar. Pero es una trampa. Una trampa muy antigua que, sin embargo, se sigue usando para reprimir los movimientos que quieren cambiar el sistema. Y por lo que se puede ver, es mucho más eficaz que la censura previa. Solo hay que remontarse al Franquismo para comprobar cómo era casi un deporte ‘colársela’ a los censores fascistas. Libros, publicaciones, películas, anuncios y sinfín de productos culturales afinan su ironía, su falsa inocencia y explota muchas veces la ignorancia de quienes estaban al cargo de la censura. Besos, relaciones homosexuales, puños en alto o cualquier gesto que sacara a la mujer de su ‘puesto’ impuesto hacía saltar las alarmas. Pero son muchos los ejemplos que tenemos hoy día de cómo los censores no encontraban el mensaje subversivo que contenían miles de productos culturales que obtuvieron la vía libre de la censura.

Solo con multas o el perjuicio económico que supone el secuestro de una publicación, hace que muchos creadores suavicen su mensaje, se contengan en su crítica o directamente descarten publicar una columna, un vídeo o una viñeta

La censura previa no era ni mucho menos un invento de Franco, ya que desde la dictadura de Primo de Rivera se impuso. Pero es muy llamativo ver cómo el régimen franquista en un intento de legislar absolutamente todo, acaba con un sistema represor colador. Mientras se censuraban libros como ‘La Regenta’ de Leopoldo Alas Clarín o ‘1984’, de George Orwell; se permitían otras mucho más afiladas con la actualidad española. Ejemplos son ‘¡Bienvenido, Míster Marshall!’ de Berlanga, cuya sátira no vieron venir los censores o el conocido ‘Viridiana’ de Buñuel. Obras con un trasfondo que sin una mínima mirada exterior, de contexto y crítica podría pasar por obras correctas en cuanto a moralidad. De hecho, estos y otros ejemplos impulsaban a los creadores y creadoras a afilar su ingenio para pasar la censura previa sin mermar nada su discurso crítico. Algo que un ministro franquista detectó y quiso modificar el sistema para que mensajes subversivos se dejaran de colar ante la ineficiencia de los censores.

Ese ministro era Manuel Fraga. El mismo que se mantenía cómodo formando parte de gobiernos que firmaban sentencias de muerte y que no mucho después decía defender la democracia. En 1966 se aprobaba una nueva legislación que sustituía a una orden en Franco de 1938 sobre la censura previa. La Ley Fraga, como se conoció la nueva orden en los años sesenta, eliminaba ese paso previo a la publicación, hablaba de libertad de expresión y estaba muy pensada para transmitir una imagen moderna de la dictadura en el exterior. ¿Pero realmente abría la mano a la libertad? Ni mucho menos.

Fraga sabía que no hay nada más censor que el miedo del propio creador. Numerosas y elevadas multas, suspensión de la actividad o el secuestro de las publicaciones eran algo que sí que hacía temer a los creadores y que sí que provocaba que se contuviera y se lo pensaran mucho más que con los censores. Mientras con la censura previa te la podías jugar a que te echarán para atrás el libro o recortaran esa escena y poco más, con la Ley Fraga suponía buscar la ruina de una editorial o el cierre para siempre de un periódico si al salir la publicación se consideraba -por los millones de afines al régimen que hacían de censores gratis en el tardo franquismo- que atentaba contra los ideales de la dictadura. Incluso la cárcel para el ilustrador, el director de cine o de la revista.

Franquismo y capitalismo, de la mano

Según la Asociación de Prensa de Madrid (APM) el 75% de los periodistas cede a las presiones y el 57% se autocensura. Esta organización privada sitúa el origen de esta situación en la precariedad, el miedo al despido o la temporalidad en la profesión.

Un jaque mate al ingenio que con el capitalismo más salvaje ha encontrado su mayor aliado. Solo con multas o el perjuicio económico que supone el secuestro de una publicación, hace que muchos creadores suavicen su mensaje, se contengan en su crítica o directamente descarten publicar una columna, un vídeo o una viñeta. ¿Nos suena en la actualidad? Empezando por el secuestro que supuso la portada de El Jueves solo por tocar a la monarquía, el despido de la reportera de RTVE en Palestina, Yolanda Álvarez, al ser incómoda para el gobierno de ocupación de Israel o la más reciente denuncia contra Movistar+ para evitar la crítica a la extrema derecha. De hecho, según la Asociación de Prensa de Madrid (APM) el 75% de los periodistas cede a las presiones y el 57% se autocensura. Esta organización privada sitúa el origen de esta situación en la precariedad, el miedo al despido o la temporalidad en la profesión. Una asociación que curiosamente no es de las primeras ni en denunciar despidos ni en señalar a los empresarios que fomentan situaciones como los falsos freelance.

Estos son casos que conocemos porque no hubo precisamente esa autocensura que Fraga impulsaba como la más eficiente. Los casos que no conocemos son esos instantes en el que el escritor de un libro sobre la corrupción política en España prefiere no poner el nombre de ese embajador que aceptó un soborno; ese en el que editan un podcast sobre el terrorismo de Estado ya que solo puede poner lo que literamente pone en una sentencia europea y no lo que todos conocemos gracias a miles de testimonios de tortura; o ese periodista que por hablar claro en Twitter sobre los recortes de servicios públicos en una comunidad autónoma ha visto como su programa de televisión se cancelaba.

Mientras que en muchos libros de texto vemos que ‘gracias a Fraga’, la Ley de Prensa se flexibilizó y así llegamos a 1978 con una Constitución que ‘garantiza’ la libertad de información por completo, la realidad contrasta sola. Y no solo la autocensura es útil en el mundo de los medios de comunicación. La cultura lo es de nuevo. Mientras los ‘ofendiditos’ de la derecha y el patriarcado hablan de la política de cancelación -spoiler, no existe-, hay humoristas en los juzgados y raperos exiliados. Mientras hay una avalancha de libros que hablan de la ‘ideología de género’, que niega la pobreza extrema, la xenofobia o los crímenes homófobos, observatorios de la violencia y de los discursos del odio tienen que mirar pliegos y pliegos de condiciones para lograr las subvenciones públicas o de fundaciones que les permiten hacer su trabajo. Un señalamiento claro o una denuncia inconveniente para el poder del momento, puede hacer que en un abrir y cerrar de ojos ese servicio público que debería partir de la Administración desaparezca.

Un juez conocido por sus sentencias contra insumisos y sindicalistas, condenaba a tres años y medio de cárcel a siete compañeros de CNT Gijón por el delito de coacción y de obstrucción a la justicia. Dicen que no esperaban otra cosa que no fuera una sentencia condenatoria de parte del juez Lino Rubio Mayo, conocido por sus duras sentencias a insumisos y a sindicalistas, como el caso Cándido y Morala, los sindicalistas de Naval Gijón que inspiraron la película Los lunes al sol.

Contra las huelgas, los piquetes y la libertad sindical

Y mucho más. El movimiento sindicalista ha visto como en los últimos años la autocensura ha sido impulsada con sentencias, multas y condenas de prisión a las y los compañeros. Desde huelgas reprimidas por los antidisturbios, hasta multas por repartir panfletos, pasando por una sentencia que en CNT conocemos de cerca. El pasado mes de junio un juez conocido por sus sentencias contra insumisos y sindicalistas, condenaba a tres años y medio de cárcel a siete compañeros de CNT Gijón por el delito de coacción y de obstrucción a la justicia. Dicen que no esperaban otra cosa que no fuera una sentencia condenatoria de parte del juez Lino Rubio Mayo, conocido por sus duras sentencias a insumisos y a sindicalistas, como el caso Cándido y Morala, los sindicalistas de Naval Gijón que inspiraron la película Los lunes al sol. Por ello cuando recibieron a las 13h de ayer, miércoles 23 de junio, una sentencia de 125 páginas con un fallo condenatorio supieron enseguida que la iban a recurrir. El magistrado condena a tres años y medio de prisión a cada uno de los siete acusados, por los delitos de coacciones y obstrucción a la justicia. Los hechos ocurrieron en una protesta por explotación delante de una pastelería de la ciudad. Un caso similar fue el de la condena por violear el derecho al trabajo de dos activistas en un piquete informativo en Granada en 2012, usando una ley que está hecha para garantizar el derecho a huelga en contra de los que reclaman mejores condiciones laborales. ¿Qué mensaje manda esto al resto de las trabajadoras y trabajadores que piden sus derechos? Que se anden con ojo. Que piensen bien si les conviene participar en una protesta, en un piquete o en el reparto de octavillas ya que se pueden encontrar de frente a los restos de la justicia franquista y sus herederos. Ellos siguen haciendo la ley -como la Ley Mordaza-, siguen imponiendo multas desorbitadas y demás obstáculos y siguen mandando un mensaje muy certero: la autocensura es la hija de la represión y el producto estrella de la falsa Transición.

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