Firmware libre, cuerpos soberanos
En los momento finales del videojuego de 2011 Deus Ex: Human Revolution una sociedad secreta fuerza –a través de la empresa pantalla Tai Yong Medical y bajo la excusa de un fallo de funcionamiento– la instalación de un biochip en todas las personas que cuentan con implantes cibernéticos. En realidad lo que busca es establecer un sistema de control remoto sobre las personas aumentadas. Este sistema es aprovechado por el multimillonario Hugh Darrow, inventor de la tecnología de implantes en el mundo ficticio del videojuego, para enviar una señal al chip que, a modo de advertencia del peligro de la tecnología que el mismo creó (y fruto de la envidia que le produce el quedar excluido de la misma por rechazo biológico a los aumentos, todo sea dicho), satura los centros emocionales y motores del cerebro de las personas aumentadas, induciendo un estado de psicosis colectiva y violencia desenfrenada que lleva al caos social.
Salvando las distancias entre la ciencia ficción y el estado actual de la tecnociencia, creo que la situación que se plantea en el videojuego nos invita a reflexionar. Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha buscado, con distinto nivel de sofisticación técnica, suplir o corregir las deficiencias que, de manera natural o fortuita, debía afrontar cada individuo. El desarrollo de las gafas, prótesis como la pata de palo de los piratas o los modernos implantes mioeléctricos, la silla de ruedas o el marcapasos, son solo ejemplos de cómo los seres humanos hemos realizado precisamente eso. No dejan de ser, en cierto modo, formas primigenias de transhumanismo que están plenamente integradas en la sociedad.
El anarquismo, desde su mismo origen, siempre ha buscado, en palabras de Bakunin “la completa realización y disfrute de las facultades y capacidades humanas latentes en cada persona”, en ese sentido, considero, el anarquismo no puede oponerse al transhumanismo como concepto. Por contra, la crítica anarquista debe poner el foco en la forma social que se tome. Del mismo que no criticamos la producción de bienes y servicios en una sociedad o la toma de decisiones de ámbito colectivo, sino la forma social que toman en estructuras de dominación, el debate no puede ser si debemos o no expandir nuestra biología y agencia, sino de qué forma podemos conseguirlo más efectivamente, evitando la dominación por parte de terceros.
Lejos de ser un debate relegado al ámbito de las ideas, es una realidad que debemos afrontar en nuestro presente: nos encontramos con marcapasos con errores de software que pueden matar a sus usuarios, coches que dejan de funcionar cuando quiebra la compañía que los fabrica porque no pueden acceder al servidor de la misma, sillas de ruedas que no puedes arreglar de manera legal o implantes oculares que quedan abandonados por la quiebra de la compañía desarrolladora. Si bien no todos estos ejemplos encajan estrictamente en la definición de transhumanismo, todos ellos resultan profundamente ilustrativos sobre las grietas del modelo social bajo el que se diseña la tecnología y la peligrosa relación de servidumbre y dependencia que impone a quienes la necesitan.
La palabra autonomía viene de la combinación de los términos griegos autos y nomos, viniendo a significar, en esencia, la capacidad de gobernarse a uno mismo. Es parte fundamental de la concepción anarquista de la libertad, tanto individual como colectiva para los diferentes miembros de la sociedad. Este concepto entra en conflicto inherente con el de jerarquía, a su vez combinación de los términos griego hieros y arkhei y que viene a significar orden sagrado. Todo orden sagrado es, necesariamente exógeno a las personas que viven bajo él y propenso a chocar con la capacidades de esas personas de gobernarse a si mismas de maneras que contravengan dicho orden, justificando su represión habitualmente bajo el argumento de que están atentando contra el “orden natural de las cosas”.
En el mundo actual, sobra decir, las formas de jerarquía más universales se dan en las dos instituciones corporativas por antonomasia, el Estado y la empresa. Cualquier modelo transhumano que esté capitaneado por estos agentes tendrá como único objetivo potenciar la instrumentalización de los distintos individuos para los propios fines productivistas y extractivistas de los mismos. Esto no niega la existencia de otras jerarquías sociales que también han de ser combatidas, pero para el tema que nos ocupa, estas son, creo, las más relevantes a discutir.
Una defensa del transhumanismo desde una perspectiva anarquista debe partir de una noción de autonomía que conecta directamente con las luchas históricas contra el capacitismo, la normatividad de género, la penalización del aborto y la estigmatización de la neurodivergencia, Tradicionalmente, el poder ha utilizado la idea de un «cuerpo normativo» o un «cerebro funcional» como rasero para determinar el valor social de los individuos, subordinando la diversidad humana a la capacidad de producir valor económico. Desde esta lógica, las tecnologías de asistencia o modificación corporal solo son toleradas si buscan corregir lo que el sistema considera una «deficiencia» para devolver al sujeto a la cadena productiva o para hacerle más útil a la misma.
Contra este modelo de transhumanismo derivado del modelo estatal-corporativo, basado en el cercamiento intelectual, la intromisión en la capacidad de agencia y autonomía local, debemos defender un modelo transhumano basado en la autonomía radical. Un transhumanismo basado en el procomún digital para garantizar la autonomía sobre el software que se ejecuta en nuestros cuerpos, cuyo desarrollo y mantenimiento sea gestionado a través de medios comunitarios como hackerspaces, makerspaces y laboratorios ciudadanos de distinto tipo y una cultura que sustituya el incentivo hacia la mejora genética o cibernética de la necesidad de competir por las migajas que reparte la autoridad a la voluntad sincera de expresión de la propia personalidad a través de la autonomía corporal.
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