Aprendizajes de un pueblo organizado, 90 años después: Membrilla (Ciudad Real)

Ilustración: Rebeca Líbera

La literatura, cine y demás artes que ha dejado para la historia la confrontación bélica de 1936 no tienen comparación. Un millón de personas murieron, pero las que sobrevivieron, o mejor dicho malvivieron, dejaron muchas más de un millón de memorias que no deberíamos dejar caer en el olvido. «La historia de la descomposición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías», como nos la describe David Uclés.

Uno de estos testimonios nos lo cuenta el compañero Juan Caba Guijarro, cenetista y faista, campesino y poeta, nacido en 1912 en la localidad ciudadrealeña de Manzanares, a través de las páginas de su libro “Memorias y vivencias de un campesino anarquista”. El subtítulo nos adentra más en su contenido. “El colectivismo en Membrilla y Manzanares durante la guerra civil”.

Membrilla es una pequeña población que en el año 1936 contaba con sólo ocho mil habitantes, situada en el corazón de La Mancha, esa enorme planicie en el sur de la meseta, con sus interminables paisajes de viñas y campos de secano. Un lugar olvidado, apartado en un rincón del relato de la historia, pero que consiguió implementar un sistema político y económico que nos debe servir de ejemplo de democracia directa real.

Pese al olvido, entre marzo del 36 y mayo del 37 se incautaron en la provincia de Ciudad Real más de dos millones de hectáreas, lo que suponen más del 80% de las tierras útiles. Eso según datos del Instituto de Reforma Agraria (IRA), que omitió intencionadamente, o más bien malintencionadamente, las colectividades de CNT, así que la realidad debía ser aún mayor. Con estos datos, resulta llamativo, amargo y lamentable que a día de hoy alguien se sorprenda cuando hablamos de colectividades por estos lares. Cierto es que la mayoría de esas colectivizaciones se hicieron de forma pacífica, por la misma necesidad, por utilidad social lo llama la historia. El caso es que muchos latifundios habían sido abandonados por sus propietarios y el hambre llamaba a la puerta, así que las cosechas no podían dejarse malograr.

Entre marzo del 36 y mayo del 37 se incautaron en la provincia de Ciudad Real más de dos millones de hectáreas, más del 80% de las tierras útiles

La necesidad fue efectivamente la mecha que encendió las ansias libertarias de las vecinas y vecinos de Membrilla. Como todo pueblo agrario, sufría la concentración de las tierras en manos de pocas personas, la mecanización había traído aún más paro y la II República nunca llegó a hacer realidad la tan ansiada reforma agraria. «Aquellos nuevos políticos que se autoproclamaban de izquierda, en lugar de oír estas voces desconsoladas por el hambre, optaron por crear una fuerza coercitiva y represiva, los Guardias de Asalto, para hacer callar los gritos de quienes pedían pan y trabajo», como lo describe Caba Guijarro.

Así llegó el 18 de julio de 1936, día del levantamiento militar en Canarias. La noticia corrió como la pólvora por toda la península, pero la CNT ya llevaba tiempo alertando de lo que iba a venir. A Membrilla había llegado unos días antes el gobernador de Sevilla, Manuel Asensi, con el fin de organizar unas milicias fascistas que apoyasen a los ocho guardias civiles que había en el cuartel. En ese momento, los campesinos se encontraban en huelga por mejoras salariales, así que el gobernador persuadió a la patronal para solucionar el conflicto, con el fin de que los trabajadores estuvieran en el campo y, de esta forma, encontrar menos resistencia a la sublevación. Con buen criterio y anticipando la situación, el sindicato consiguió que no se volviese al tajo, así que la conjura no triunfó.

De esta forma, el pueblo se encontró de la noche a la mañana en medio de la situación de caos que había generado la sublevación. Pusieron sus esperanzas en la Caja de Ahorros Comunal de Solidaridad en la que llevaban depositando su escaso patrimonio, pero al abrir la hucha se encontraron con sólo 30 mil pesetas. Estaban arruinados, no les quedaban ni las migajas. Pero se dieron cuenta de que también eran libres, ya no tenían que mendigar las migajas. Sólo tenían que buscar una forma de organizar los recursos de forma más igualitaria.

Puesto que el pueblo se encontraba en la calle pidiendo pan y trabajo, el alcalde convocó a los responsables sociales, decidiendo declinar sus responsabilidades en la CNT, como ocurrió en otros lugares. Qué satisfactorio, y a la vez perturbador, debió ser comprobar cómo a la hora de la verdad se demostró que todo el mundo sabía quién podía hacer realidad la organización buscada para establecer un orden, las mismas ideas anarquistas que tanto se han equiparado con el caos. El bando vencedor se encargó de tapar las bonanzas y exaltar las debilidades de lo que ocurrió en las zonas en las que no triunfó la rebelión, pero lo que jamás hay que aceptar es la equivocada idea de que todo fue improvisado. Lejos de eso, la CNT ya había fijado un sistema claro de libre federación de comunas, el comunismo libertario.

Así fue, la CNT, con la colaboración de Izquierda Republicana, se encargó de poner en práctica lo que ya había teorizado en su Congreso de Zaragoza. El primer paso, convocar una asamblea a la que asistió casi todo el pueblo. Muchos propietarios, comprometidos con los golpistas, habían abandonado sus tierras, por lo que las cosechas se encontraban abandonadas. Era necesario organizar su recolección. Pero primero había que inventariar propiedades y aperos de labranza. Con el fin de gestionar las tareas, se nombró un Consejo de Administración, compuesto por diez miembros de CNT y cinco de Izquierda Republicana. Y en su seno, se formaron cuatro comisiones: agricultura, abastos, vivienda y sanidad, y defensa.

No fue improvisado. La CNT ya había fijado un sistema claro de libre federación de comunas, el comunismo libertario

La comisión de agricultura inventarió quince mil hectáreas de tierra, entre regadío, cereal y viñedo, ochenta pares de mulas con sus aperos, seis mil palomas, dos mil quinientas cabezas de ganado lanar y cabrío y varias aventadoras y motores. Se nombraron delegados de trabajo, que controlaban los horarios y supervisaban el trabajo, y de trabajo, que organizaban las tareas necesarias.

La de abastos se encontró con que el pueblo no contaba con reservas alimenticias capaces de hacer frente a la situación, por lo que pusieron en marcha una fábrica de harina cerrada y un matadero industrial. Crearon economatos en varios lugares estratégicos para procurar la distribución y trataron de contactar con otras colectividades para el intercambio de productos.

La comisión de vivienda tuvo que hacer una relación de las casas abandonadas para acoger a la enorme cantidad de personas refugiadas que huían de los horrores de la guerra desposeídas de sus bienes. En sanidad, tres médicos ejercían su labor, colaborando de forma altruista con la comisión. Por último, en defensa, grupos de obreros vigilaban los accesos y los centros oficiales.

Con esta base se organizó el trabajo, con el grave obstáculo de que la mayoría de la juventud había sido reclutada para la guerra. Sin embargo, «la ilusión ilimitada que pusieron en el trabajo aquellos que quedaron en retaguardia, al frente de toda la situación económica, suplantó la ausencia de aquella valiosa juventud», como lo relata Caba. En efecto, en el año 37 se lograron aumentar las cosechas de trigo, cebada y leguminosas, y la producción de vino fue un 50% superior. Pero donde se produjo una subida espectacular fue en la cosecha de azafrán, del que se consiguieron cien arrobas, más de mil cien kilogramos. Siendo este producto tan apreciado -para hacernos una idea, actualmente puede oscilar entre 10 y 18 mil euros el kilo-, se vio la necesidad de crear una comisión de Industria, con el fin de potenciar los intercambios de los productos excedentes.

Como consecuencia de las labores de dicha comisión, se crearon una fábrica de alpargatas, que cubría las necesidades de todos los colectivistas, un taller de zapatería, unos calderines para la extracción de alcohol vínico, una almazara para el aceite de oliva, un depósito-almacén para el azafrán, un taller de reparación de carros y un taller mecánico, además de las ya mencionadas fábrica de harinas y matadero industrial. En menos de tres años y en periodo de guerra. La colaboración permitió crear la Federación Regional de Colectividades CNT.

Del mismo modo, se hizo un gran esfuerzo para acercar la cultura a una población prácticamente analfabeta. Para ello, se inauguró una Escuela de Artes y Oficios, donde se impartían música, cerámica, mecánica, enología, electricidad y secretariado de colectivismo, con personal especializado en cada una de las ramas. En el Ateneo se realizaron continuas conferencias sobre aspectos políticos, económicos y sindicales, así como obras teatrales.

Se inauguró una Escuela de Artes y Oficios, donde se impartían música, cerámica, mecánica, enología, electricidad y secretariado de colectivismo

Dibujado el panorama, se comprueba el sobrehumano esfuerzo que aquellas personas fueron capaces de realizar en unas condiciones penosas, aunque, sin duda, no peores que las que estaban acostumbradas a soportar. Esfuerzo que debería merecer el respeto de generaciones futuras, que en algunos casos han intentado tapar de la historia esta página, lo que hace esencial aclarar algunas malinterpretaciones que parecen haberse enquistado. Una de las mayores es que se obligó a productores o comerciantes a pertenecer a la colectividad, expropiando sus bienes. No fue el caso de Membrilla, donde cada cual eligió ingresar voluntariamente o continuar su actividad de forma independiente. Más aún, creada la colectividad y superados los aprietos iniciales, una caterva de partidos y sindicatos fueron creados con el fin de solicitar su trozo del pastel. Y se les cedió su parte de los bienes incautados, demostrando su filosofía exenta de ambiciones egoístas. Una ideología libertaria implica tolerancia con otras posturas, más allá de la lucha contra el fascismo.

Muchos son los ejemplos de colectividades que se reprodujeron por toda la geografía ciudadrealeña, algunas en el sector primario como la mencionada de Membrilla, la vecina Manzanares o Alcázar de San Juan, renombrada a Alcázar de Cervantes. Otras, como en la capital, en el sector comercial, y otras, como en las mineras Almadén o Puertollano, en la industria. Pero la particularidad de Membrilla fue que, al contrario que en otros casos, donde se entregaba un anticipo en moneda, no salario, en la localidad manchega se entregaba una Tarjeta de Productor y Consumidor, que permitía adquirir cualquier artículo en los economatos de la colectividad. Es decir, se logró implantar un verdadero comunismo libertario, donde cada cual aportó según sus posibilidades y recibió según sus necesidades.

Es hora de concienciarse de ello, creérselo y no esperar a volver a calzar alpargatas para cambiar a un mundo más justo

Para darnos una idea de cómo nuestras miserias son universales en el tiempo y en el espacio, se dejaron de abonar los alquileres de las viviendas, y se procuró que el agua potable, la luz eléctrica y los servicios médicos y farmacéuticos fueran gratuitos. Igualmente, se entregaban unos vales limitados que suplantaban la moneda en los comercios de ropa o ultramarinos fuera de la colectividad.

El ejemplo de la que se llamó la Pequeña Rusia fue minoritario, restringido a la producción agroganadera y sin duda contó con la fortuna de hacer coincidir a muchas personas de excepcional valía. Habrá quien lo califique de puntual y afortunado. Pero no fue el único. De una u otra forma, la sociedad demostró que, con la organización adecuada, ninguna autoridad es necesaria. Que las malas condiciones que arrastramos las personas de a pie, desde el inicio de la historia, no son la consecuencia física de procurar el sustento de la humanidad, sino de perpetuar los privilegios de unas élites. Es hora de concienciarse de ello, creérselo y no esperar a volver a calzar alpargatas para cambiar a un mundo más justo.

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