DOSIER: Ni Dios ni Amo | Ilustración de La Rata Gris | Extraído del cnt nº 440
El canto de nuestra máxima, esa doble negación tan hermosa, me encoge el corazón, pero veo entre, y no ante, nuestras filas la tenue inminencia a tornarnos en aquello contra lo que clamamos.
Cada nuevo día es un nuevo golpe en ciernes de nuestros dioses y amos. Las opresiones a las que nos enfrentamos han evolucionado silbando el ritmo de su regenerada marcha, pues no había otro sonido que la contestara ni unas tijeras del silencio. Ahora, si bien pudiéramos retrotraernos un instante, no servirían para nada usar los análisis de antaño y hasta un artículo de Kropotkin puede ser tratado de poesía ante nuestro anónimo paradigma, que salva toda justa distancia para ser en sí insólito. Veamos en esta melancólica hora, ante nuestras mismas miradas, cómo son creadas las más sofisticadas tecnologías del poder. Relaciones de control, antes hilos tirados por titiriteros, ahora se basan en la formación de autómatas que, lejos de autogobernarse (como pretender quieren) se autocontrolan.
Hemos creído, como fieles iconoclastas, que con el declive de las instituciones de la represión hallaríamos la emancipación. En la máxima locura que solo la presente situación nos puede prometer, se han tomado de la mano la persona y el mito. Hemos de encontrarnos, pues, con una religión que desconoce cada frontera con la que se encuentra. Lejos de ser más débil en la separación y la distancia, se apodera de todo lo que pueda abarcar y trata de abarcarlo todo. Y la tiranía no nos enraíza bajo sus yugos ya, en este desarraigo nos tornamos en las raíces que la forman y en las que se hunden sus pantanosas garras. Presentemos a nuestro ídolo reforjado, ¡Salve nueva reina que llamamos Salud! Y por ella daremos en sacrificio lo más recóndito de la vida sin encontrar la sutil ironía que esto nos brinda.
Los ecos de una fiebre individualista hacen retumbar la tierra entera, la esquizofrenia racional con el cuerpo de cualquier idealismo, nos muestra el color del crisol de nuestra era al fusionarse con un «sálvese quien pueda» del utilitarismo en frenesí.
La sustancia no es nueva, pues alguien le había dado nombre hace ya muchas primaveras. Desde los bigotes de Friedrich Nietzsche se habían disparado las alarmas sobre esta, pero con una muy lejana perspectiva a la realidad que acontece. Para este, se daría que las últimas personas («hombres» decía él), a los márgenes de una sociedad ya «emancipada», enaltecerían la pureza sensorial, en una suerte de hedónico nihilismo, heredada de la mentalidad religiosa sin religiones. Allá donde nada justifica la vida desde fuera, siendo para algunos una cuestión de necesidad, solo queda exprimir la vida propia. Para nuestra desgracia, vemos cumplir el segundo acto sin consumarse el paso previo. Los ecos de una fiebre individualista hacen retumbar la tierra entera, la esquizofrenia racional con el cuerpo de cualquier idealismo, nos muestra el color del crisol de nuestra era al fusionarse con un «sálvese quien pueda» del utilitarismo en frenesí. Bien no tenemos esa transvaloración de los valores, valga la redundancia, que explicaba el filósofo, sino una inversión de la opresión: antes las buenas gentes que adoraban colectivamente por coacción, o necesidad de su opio espiritual, a falsos dioses y ahora nuestros villanos congéneres que niegan otra autoridad o ídolo que la imagen propia. Irónicamente estos rezan al Dios-Amo más tenaz y soez que conocemos, el Capital, sin saberlo (o reconocerlo).
Para la vida de los desgraciados personajes que miran al universo con un velo en los ojos, quitárselo supondría un dolor catatónico, un no muy suave golpe de remo en las narices. No es del agrado de quien escribe rememorar a este autor, pero pensemos en el mito de la caverna de Platón que ciertamente provee una gráfica descripción de lo dicho. Aún si tenemos claros ciertos conceptos sobre el sistema que nos gobierna, no hemos de permitirnos perder la sagacidad. Si no creemos en una ciudad al final de los tiempos, tampoco cabría pensar que podemos ser libres de crecer o avanzar, quienes somos sus supuestos ciudadanos. Tenemos para con cada cual una pelea interna, su propia íntima revolución, la rebeldía por rebeldía misma. La guerra a los dioses y amos pasa por nuestros adentros para después aunar las luchas en una batalla conjunta.
En relación con los conceptos mencionados en los últimos párrafos, nos acercamos a las consecuencias. Si hacemos un puentecito con piedras que son: la difuminación de los ídolos, el mayor requerimiento de una puja consigo mismo y el todavía persistente combate con lo de fuera, nos lleva hasta los habitantes del otro lado del río (los no contrarios, sino paralelos), quienes perdieron, si es que acaso dijéramos que la tuvieron, la perspectiva de dicha lucha. En la cómoda reforma, que es aceptar el edificio de la opresión y solo barrer su polvo, se abandona el trasfondo causante en pos de la casuística particular. Para todos los proclamados sindicatos de clase que batallan en la mera legalidad, que devuelve mucho menos de lo que se haya podido usurpar, solo hacen que la explotación sea un dolor en sostenido (claro que, si es usted, mi afable lector o lectora, perteneciente a la legalidad mencionada, sepa que es una forma de hablar y no una declaración de mayor calada). La burocracia en la lucha obrera es su condena, un hacer de funcionarios en el propio presidio. Aquí los reos cómplices gozan de privilegios sobre los demás a cambio de ensanchar los muros que les delimitan. Sería una estancia más agradable con la que, en ciertas ocasiones, nos tendríamos que confirmar. No obstante, cabe pararse a pensar en lo que implica. Nunca saldrás, camarada de ropas naranjas, de entre las rejas haciendo mayor o más confortable tu celda. Y en esta tesitura vemos a los mayores sindicatos, que, siguiendo en clave carcelaria, han perdido el tono rojo que provoca la vergüenza a nuestra tez y residen, pues, en la cromática amarilla, amarillista decimos incluso. Sumando la connivencia de unos y la negligencia de otros, gastan lágrimas, sudor y sangre de la clase obrera para hacer la nada. Bueno, o quizás no, estaríamos mintiendo y eso no nos está nada bien. El no hacer significa en este caso permanecer, perpetuar su estado. Muy conveniente, por cierto, para el día que los trabajadores no tengan pan y el ruido de sus cadenas resuene demasiado. La patronal se preguntará qué hacer y dirán: «Ante el hambre del pueblo, gambas a los buenos sindicatos», porque estos no serán más que sus fieles perros. Mientras la situación sea esta, con los niños grandes más en contra que a favor de la causa que pudiéramos llamar común para las bases, nos depararán muy obscuros vientos. Y tampoco es una opción, una demasiado viable, que si no nos dejan jugar rompamos la baraja…
En la cómoda reforma, que es aceptar el edificio de la opresión y solo barrer su polvo, se abandona el trasfondo causante en pos de la casuística particular. Para todos los proclamados sindicatos de clase que batallan en la mera legalidad, que devuelve mucho menos de lo que se haya podido usurpar, solo hacen que la explotación sea un dolor en sostenido.
Pero el motivo de estas palabras aquí impresas no es la del caer en el desánimo. Y es que solo tomando de la mano la lucidez podemos afrontar a los desafíos que nos esperan. De otra forma solo obtendríamos la caricia de los romanticismos, el no-camino de las utopías, una frívola partida de ajedrez con el diablo… Hagamos acopio de fuerzas, amigas y amigos, y sigamos por el sendero que nos es propio. Somos el todo de uno a uno, somos el mutuo apoyo y la solidaridad, somos el federalismo… Por ello debemos, codo con codo, luchar con y por nuestra independencia. No cabe la comodidad de los controles e interferencias desde arriba impuestas allá donde se presume el cometido desde abajo por los de abajo. Digamos «no» como un acto de libertad, «no» ante formas de emancipación que impliquen la subyugación del resto. No somos amos de nadie, ni de la persona propia. Una propiedad es quien es dueño de sí. No abracemos otras maneras por otras más efectivas si ello implica cambiar de objetivo. La anarquía sola es ya medio y fin, a ella nos consagramos.
Y ahora henos aquí, los más lúcidos Buendía vemos la habitación con una hermosura desnuda, mientras, los otros realmente solo saben del polvo en un cuartito abandonado al abandono. Mas no nos alarmemos, es virtud ver donde no se quiere mirar y hemos visto que no nos dan miedo las ruinas que, sabemos ya, vendrán.
