Cincuenta años de lucha feminista

DOSIER: Lo llamaron democracia y no lo es | Ilustración de Kalvellido | Extraído del cnt nº 441

En 1975 acababa la guerra de Vietnam, Bill Gates y Paul Allen fundaban Microsoft, se estrenaba la película «Tiburón», un éxito sin precedentes en taquilla, el pueblo saharaui quedaba abandonado definitivamente a su suerte y el franquismo, en sus últimos coletazos, firmaba sentencias de muerte por fusilamiento, mientras el dictador se diluía en una cama rodeado de familia y amistades, hasta desaparecer (sólo él, no su legado) un 20 de noviembre de ese mismo año. Juan Carlos, el fratricida, calentaba motores, engrasando la transición a un proyecto democrático que, en la mayoría de los casos, consistió en un rebranding de las macroestructuras franquistas, una capa de chapa y pintura con un lazo atado y bien atado.

Sin embargo, hay un hito que ha pasado bastante más desapercibido en los anales de la Historia: Naciones Unidas había proclamado 1975 como «Año Internacional de la Mujer». El régimen cogió el testigo de esta celebración de la mano de la Sección Femenina y su vetusta presidenta vitalicia, Pilar Primo de Rivera, encabezaba una comisión con el objetivo de «examinar, evaluar y recomendar medidas y prioridades para lograr la igualdad entre los hombres y las mujeres y la plena integración de las mujeres en todos los sectores de la vida nacional». (Díaz Silva, E. 2009). En esa línea, se aprobaron un ramillete de leyes más o menos garantistas, en una reforma del Código Civil que acababa con algunas de las discriminaciones legales de las mujeres, principalmente con la licencia marital, y con la obligación de «seguir al marido», pero mantenía la patria potestad y todo lo relativo al régimen económico del matrimonio.

Los últimos cincuenta años han estado marcados por la insistencia del corpus conservador en hacernos volver al redil de donde nunca deberíamos haber salido, y nuestra persistencia en resistir. La dialéctica de la dictadura se acogía al concepto de «eugenesia positiva» definido por el mengeliano psiquiatra del régimen Vallejo Nájera, y arrancaba bebés de brazos de mujeres en su búsqueda del gen rojo:

«(…) La salubridad de la raza exigía separar a los niños de sus madres rojas.» (Preston, 2019, p. 665). Mientras tanto la citada Sección Femenina adoctrinaba a las mujeres en su papel de perfecta ama de casa: «Prepárate: retoca tu maquillaje, coloca una cinta en tu cabello. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo y uno de tus deberes es proporcionárselo».

La dialéctica de la dictadura se acogía al concepto de «eugenesia positiva» definido por el mengeliano psiquiatra del régimen Vallejo Nájera, y arrancaba bebés de brazos de mujeres en su búsqueda del gen rojo.

Pero en el año 1975 el aire huele a cambio por recambio vital, que no por rebelión. Aprovechando la coyuntura de la celebración del Año Internacional de la Mujer, el movimiento femenino se empieza a articular en organizaciones como el MDM (Movimiento Democrático de Mujeres), o el Partido Feminista, entre otras. El feminismo, esa palabra que rima con machismo pero cuya similitud se queda en la rima consonante, se institucionaliza a partir de ese momento, materializándose en la creación del Instituto de la Mujer en 1983.

Y desde ahí, ley de divorcio y del aborto, píldora y derechos anticonceptivos, y dos olas de feminismo que se suponían abrirían las mentes de una sociedad obtusa y reaccionaria e impregnarían con su limo ideológico corazones e instituciones. Pensamos que los derechos adquiridos a base de lucha se amontonaban en una torre perfectamente estructurada de piezas de tantos colores como mujeres que casi, casi, alcanzaba el techo de cristal que solo nosotras vemos.

Pero mientras nos empeñábamos en construir, el resto jugaba al jenga. La falta de una sola pieza derrumba el resto. Y disculpen el topicazo, pero aquí Simone de Beauvoir lo vio venir: «No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda la vida».

Tuvimos que presenciar la muerte en 1997 de Ana Orantes, una mujer valiente asesinada por su exmarido, quemada viva y muerta dos veces por una sentencia de divorcio que la obligaba a vivir en la misma casa que su maltratador, para que asumiéramos como propio el lema de Carol Harnish, «Lo Personal es Político», y empezáramos a ponerle nombre a la violencia machista. Los juzgados especializados en violencia de género en España surgen a raíz de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre. Saturados y faltos de personal, los casos de violencias de todo tipo se acumulan en los juzgados. Desde 2003 son más de mil trescientas las mujeres que ya no pueden hablar.

Hoy, grupúsculos políticos con olor a rancio se empeñan en volver a circunscribir la violencia al ámbito doméstico, y a pesar de en este país los violentos machistas asesinan a una media de una mujer por semana, silencian la realidad de que esta violencia es estructural, no individual. Portales web como feminicidio.net, así como cientos de asociaciones con más o menos apoyo institucional, dan fe de la pervivencia de una sangría cuyo contador se pone a cero cada 1 de enero.

El trabajo de cuidados, ese que hacemos por amor, sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres, según un informe de Oxfam Intermón de marzo 2025, que desvela que apenas un 5,6% de los hombres asume las labores de crianza ‘siempre o casi siempre’ frente a un 37,1% de las mujeres.

Tuvimos también que ser testigos de la valentía de Nevenka Fernández en el año 2001 para ponerle nombre al acoso laboral y asistir a la aparición de una palabra que, por algún motivo, no deja de generar controversia: el consentimiento. Porque la incorporación de las mujeres al mercado laboral hoy es una realidad indiscutible, pero el hecho de que el Ministerio de Igualdad publicara en el año 2021 un estudio llamado «El acoso sexual y el acoso por razón de sexo en el ámbito laboral en España» nos deja ver que, lejos de desaparecer, este tipo de conductas siguen siendo una realidad para miles de mujeres en su entorno laboral. La valentía de las que lo han denunciado, de una u otra manera, y la proliferación de protocolos respecto al acoso laboral en las empresas, habla también del despertar de una sociedad a la que le empieza a chirriar la palmadita de rigor en el culo, y empieza a exigir espacios seguros.

Pero si hablamos de la incorporación al mercado laboral, la palabra estrella es conciliación. Y es que la reproducción, en nuestro caso, es una trampa y un retroceso vital, por mucho que las influencers del movimiento tradwifes, herederas directas de la sección femenina, se empeñen en romantizar. Y como los datos no suelen fallar, el INE nos informa que la tasa de empleo de hombres con 3 o más hijos es del 86%. La de las mujeres: 50,3 %. El trabajo de cuidados, ese que hacemos por amor, sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres, según un informe de Oxfam Intermón de marzo 2025, que desvela que apenas un 5,6% de los hombres asume las labores de crianza ‘siempre o casi siempre’ frente a un 37,1% de las mujeres.

Y aparte de seguir repitiendo el mantra de «es que las cosas son así», y «los niños se los comen las madres», sigue habiendo espacio para la lucha. Asociaciones como «Yo No Renuncio», o el colectivo «Malasmadres», siguen peleando por la existencia de una legislación real para que la conciliación no implique la adaptación de menores a horarios laborales de personas adultas, aparcándoles en horas infinitas de colegio y extraescolares, sino la adopción de medidas obligatorias que permitan compaginar el derecho de las mujeres a un trabajo digno y la no renuncia a una vida propia y plena. Como ellos, vaya.

Y es que hay que redibujar el pasado para que existan nuevos futuros. Colectivos como PastWomen, con el objetivo de «dotar de visibilidad a las líneas de investigación en Arqueología e Historia que se vinculan al estudio de la cultura material de las mujeres», nos ayudan a entender que estamos reproduciendo roles que pensamos establecidos en el pasado, pero que no son más que proyecciones desde un presente patriarcal. Como ellas, comunidades como «Mujeres de Ciencia», o la asociación de mujeres STEAM, que engloba a la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), o Inspiring Girls, entre otras, luchan por completar el hueco de la carencia de referentes para las mujeres, en la convicción de que aspiramos a ser lo que vemos a otras hacer.

Tenemos un pasado en el que mirarnos. Hemos aprendido la virtud de la persistencia, a ser resilientes y a abrazar nuestras contradicciones. Pero hay que perder el miedo a ser incómodas. «El feminismo que no molesta es marketing», rezan las pancartas en las manifestaciones del 8 M. Y aunque ahora tengamos más visibilidad, y nuestro movimiento sea cada vez más inclusivo, recordad que vivimos con la (fálica) espada de Damocles en la cabeza, con un péndulo ideológico dispuesto a asestar el drive definitivo al mínimo descuido autocomplaciente. Permaneced alerta y en la lucha. Y si estáis cansadas, mirad en los ojos de una amiga. Sólo necesitas eso para iniciar una nueva revolución.

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