La ciudad contra la clase

Valladolid // Ilustra: El Bellotero // Extraído del cnt nº 423 – Dosier «Lucha de clases»

Cuando nos planteamos la cuestión de la lucha de clases en nuestro presente es un lugar común oír una voz melancólica que se queje de «la falta de conciencia de clase». Un lúgubre lugar común que nos habla de decadencia, del reino perdido de una Atlántida sindical, de otro tiempo en el que todo era posible. La Historia ha puesto negro sobre blanco que lo que los libros de teoría crítica llaman proletariado no se forma simplemente como un agregado de personas que comparten una situación material determinada. Es necesaria la existencia de elementos subjetivos que articulen la pertenencia a algo más. Ambos elementos, situación material y elementos subjetivos, no son cosas independientes entre sí, más bien todo lo contrario porque ambas categorías coevolucionan en un entorno común.
Este artículo quiere abordar uno de esos entornos comunes que imposibilitan pasar de las clases medias asalariadas a un proletariado para sí: la ciudad del capital.

Espacio urbano en disputa

El medio urbano es un espacio de disputa y eso tiene expresiones espaciales. La distribución en la ciudad de las personas, las actividades y las propias luchas genera una geografía que evoluciona en el tiempo y que no responde a los deseos unilaterales de ninguno de los intereses en conflicto. Como decíamos, la ciudad nace de la superposición de distintos estratos sociales en un mismo espacio físico y social, instituyendo marcos de convivencia nuevos. La evolución del espacio urbano va de la mano de la evolución de los agentes que participan de ella: el chabolismo de la inmigración pueblerina de los siglos XIX y XX configuró el nacimiento de barrios populares que vieron nacer oleadas de conflictos sociales, del mismo modo que los planes urbanizadores como la «ciudad lineal» y los «ensanches» producían espacios urbanos gobernables y productivos. Ambos procesos se han dado a la vez en las distintas poblaciones y las ciudades de hoy son el resultado de la combinación de esos y otros tantos fenómenos de crecimiento, declive y renovación urbana; siempre bajo el empuje del conflicto de intereses.

La fragmentación social se manifiesta en la proliferación de áreas residenciales para un perfil social claro: familias asalariadas con estabilidad suficiente como para acceder a un mercado inmobiliario desbocado.

La fase en la que vivimos ahora se caracteriza por una fragmentación de la sociedad que tiene su expresión espacial del mismo modo que la tiene cultural, económica y políticamente. El aumento de las desigualdades económicas provocadas por la situación de estancamiento del capitalismo y la apuesta de élites y gestores por sostener el proceso de acumulación sobre la desposesión de los bienes públicos y comunes explica por qué nos encontramos ante un aparente imperio de las particularidades identitarias que ha disuelto las anteriores categorías unificadoras: clase, nación, credo. El aumento de las tensiones sociales se manifiesta como conflictos de identidades fetichizadas, lo que pervierte tanto la legítima demanda de reconocimiento y repecto a la diversidad como los intereses clasistas que se ocultan bajo este truco. En el espacio urbano encontramos claros síntomas de este tipo de disociaciones. El proceso urbanizador se basó hasta la crisis en la proliferación del Plan Parcial y la urbanización periférica para después dar paso a la rehabilitación, regeneración y renovación urbanas. El aparente cambio de paradigma de la ciudad expansiva a la ciudad contenida mantiene una misma lógica segregadora como pone de manifiesto el pensamiento de Alfonso Álvarez Mora. La fragmentación social se manifiesta en la proliferación de áreas residenciales para un perfil social claro: familias asalariadas con estabilidad suficiente como para acceder a un mercado inmobiliario desbocado. Mientras tanto los barrios urbanos tradicionales corren dos destinos: el primero es concentrar población asalariada sin posibilidad de huir, pensionista, migrante… y el segundo es regenerarse para dar cabida a estratos sociales también regenerados. Estas dinámicas, claro, tienen su manifestación ideológica.

Como muestra de que este proceso de segregación espacial y de producción ideológica ocurre, van a ser útiles los datos electorales recientes. Si bien el comportamiento electoral no es exactamente una manifestación ideológica ni se pueden leer directamente conductas personales, nos sirve para hacernos una idea a nivel agregado de lo que puede estar pasando. Se toma, por cercanía y por representatividad, la ciudad de Valladolid y sus núcleos cercanos, que en total suman una población de 400.000 habitantes con una estructura urbana arquetípica peninsular: un casco histórico compacto, una primera periferia de barrios obreros del siglo XX y un segundo anillo disperso de urbanizaciones y barrios construidos desde los 80 para las nuevas clases medias traídas desde la españa vaciada. Si para las secciones censales de la ciudad tomamos los datos que hay disponibles de renta media y proporción de hogares según su fuente de ingresos, podemos detectar la existencia de zonas que destacan por tener una mayoría absoluta de hogares asalariados y rentas que superan la renta media de la ciudad. Sobre plano, vemos que esas zonas coinciden con esas urbanizaciones del segundo anillo disperso: pueblos colindantes, urbanizaciones con una o dos décadas y «barrios dormitorio». ¿Tienen esas zonas un comportamiento electoral significativamente diferente del resto de la ciudad? La respuesta es que sí: en las elecciones de 2019 manifiestan sistemáticamente un mayor apoyo a Ciudadanos (hasta un 34% más en estas zonas que en el resto). También explican parte del repunte de VOX en noviembre, teniendo en estas zonas un 13% de los apoyos frente al 11% que tienen en otras zonas. Sin embargo, el PP levanta muchas menos simpatías en estas zonas poco envejecidas, mientras que el PSOE no muestra diferencia significativa. Por parte de Podemos, estas zonas manifiestan un apoyo mayor con una diferencia de casi dos puntos. Por último, estas zonas muestran una significativa menor abstención, un fenómeno sociológicamente asociado a las zonas más marginales.

Resignificar la pertenencia a los barrios en la vecindad antes que en la raza, la etnia o la nacionalidad es una tarea pendiente para revertir el cortafuegos que supone la geografía del capital para desplegar la estrategia de un sindicalismo de ofensiva.

La autopercepción que tienen esas familias trabajadoras jóvenes y urbanas es la de vivir en una situación de amenaza que debe leerse como de privilegio en retroceso: ante las mujeres feministas, ante las nuevas generaciones, ante las prohibiciones ecologistas, ante la inmigración… ¿Cuánto impacto sobre esta autopercepción tiene el hecho de residir en una zona socialmente homogénea alejada de «lo otro»? Sin duda, bastante. Contrasta con aquellas zonas en las que hay mayor proporción de pensionistas, hay desempleo y hay familias vulnerables, en las que la conducta electoral es más «tradicional». El urbanismo socialmente segregador produce percepciones sesgadas de la realidad que se complementan con el dominio de la «tercera piel» de la que habló Ramón Fernández Durán.

La ciudad que ha producido el desarrollismo español tiene el riesgo de ser un campo estéril para la construcción de proyectos emancipadores, lo hagan sobre el eje de la clase o sobre cualquier otra noción de pertenencia. Sin embargo, el propio desarrollo de nuestros conflictos nos permite recuperar el propio espacio: la toma del espacio público durante la actividad militante, la reapropiación de espacios privados para usos colectivos, la generación de espacios de encuentro…Escalar estas situaciones puntuales para poder revertir el proceso de segmentación de la sociedad a la que nos somete el urbanismo esclavo del valor es la reflexión que llevó a Murray Bookchin a desarrollar su proyecto comunalista. Por parte del anarcosindicalismo, resignificar la pertenencia a los barrios en la vecindad y la convivencia antes que en la raza, la etnia o la nacionalidad es una tarea pendiente para poder revertir el cortafuegos que supone la geografía del capital para desplegar la estrategia de un sindicalismo de ofensiva.

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