DOSIER: Ni Dios ni Amo | Ilustración de EmeZetaEme | Extraído del cnt nº 440
Cuando imagino un buitre, lo hago de forma conjunta, porque resulta imposible separarlo de la presa moribunda y del paisaje hostil. Es como si se debieran cumplir determinadas características a la hora de representar mentalmente la aparición de estas rapaces.
Con los fondos buitre pasa algo similar: es necesario un escenario de crisis, pobreza, gobiernos corruptos, endeudamiento, y por supuesto lobby político. La víctima debe encontrarse en un escenario desolador, sin alternativas ni posibilidad de escapar.
Y automáticamente, la cabeza nos remite a países empobrecidos o mal llamados del tercer mundo, ignorando que el alimento de esos carroñeros está en nuestros barrios.
Los vecinos de la calle Torralba en Soria fueron desahuciados por un fondo buitre, un desalojo ejecutado en solo 20 minutos mientras en los altavoces de los furgones policiales sonaba la canción «Que te vaya bonito» a solicitud del propio fondo Good Capital Investments.
¿Cómo permitimos que la escena la manejen los manager que están detrás de la organización de los festivales? Vaciaron de contenido nuestra cultura y no solo les dejamos, sino que les ayudamos.
En Vallecas, se han realizado piquetes y manifestaciones en contra del fondo buitre que pretende comprar tres bloques de edificios con el objetivo de convertirlos en pisos turísticos.
Lucia en el combativo Gamonal (Burgos) lucha por escapar de las garras de Coral Homes y evitar que la echen del piso que alquila con su hijo de 3 años.
La fórmula del negocio es perfecta y la edulcoran con el lenguaje para que de repente compartir habitación se llame «coliving», término que suena mucho mejor y esconde nuestra pobreza, como si fuéramos culpables de la especulación inmobiliaria y de no haber podido acceder a una vivienda.
Condicionan la economía de los países, endeudan pueblos, especulan con la vivienda, son dueños de las residencias para mayores… y ahora también hacen negocio con nuestro ocio.
El festival que se autoproclama referente del estilo musical que es banda sonora de la vida de muchas como yo, que creemos que una buena canción no llena la panza pero alimenta conciencias, también es propiedad de un fondo de inversión norteamericano. Concretamente de Providence Equity Partners, que se hizo con el macrofestival por unos 120 millones de euros, aunque recientemente ha sido absorbido junto a otros festivales por el grupo inversor KKR a cambio de una cifra astronómica.
El VIÑA ROCK apenas termina una edición ya tiene vendido el 50% de los abonos para la siguiente. Las cifras marean. 240.000 ‘revolucionarios’ asistieron el último año. Nada mejor para celebrar el 1 de mayo que bailar en un recinto que se levanta sobre la fosa común «Los barreños» mientras se canta contra el capitalismo incitando a la revuelta.
Un cartel en el que no falta ninguna de las bandas del momento es más que suficiente para consentir precios de bebidas, taquillas, duchas… por las nubes. Y para el personal laboral jornadas interminables por un valor entre los 4 y 10 euros la hora, controladores de accesos sin aseos, sin sombrillas y expuestos a altas temperaturas…
Los decibelios no permiten escuchar las quejas de muchos trabajadores que duermen bajo el sistema de camas calientes. Sí, aquí en el VIÑA ROCK, no en un taller de costura clandestino pakistaní.
La situación es tan dantesca que la misma gente del pueblo acerca agua, comida y crema solar a los trabajadores.
A los repetidores seriales del repertorio completo de la banda más comercial del momento me gustaría preguntar, ¿de organizarte en tu curro como andas? Como dice la canción, son «anti todo pero haciendo nada».
Pero no es el único festival que circula por la autopista musical a tope de entradas pero flojo de papeles. En el Pirata Beach, otro festival propiedad de fondos de inversión y que vende entradas a la misma velocidad que pisotea derechos laborales, una demanda presentada por CNT logró que los trabajadores fueran considerados como tal y no figurasen como «voluntarios».
Ningún género se salva de su apetito voraz. De los diez festivales que más público convocan, nueve se financian con capital extranjero y cada vez se concentran en manos de menos empresas.
Nada queda fuera del negocio. Todo es mercancía porque el dinero no distingue entre ladrillos y guitarras. Blackstone, el mayor propietario de pisos de alquiler en España, lanzó una oferta a principios de este año para poder adquirir un grupo editorial que posee los derechos de artistas como Red Hot Chili Peppers, Shakira y Blondie. Su filial en España, Fidere, compró al Ayuntamiento de Ana Botella 1.800 viviendas de protección oficial en plena crisis de la construcción y recientemente ha adquirido Cirsa y Sportium para ser líder mundial del juego y las apuestas deportivas, otra forma de hacer negocio de manera infame con nuestro ocio.
¿Más ejemplos? El Rototom nació como un festival autogestionado, presume de mantener su esencia y que cree que otro mundo es posible a ritmo de reggae combinando la música con una completa agenda social. El Rototom, reconocido por la Unesco en 2010 como Acontecimiento Emblemático para una Cultura de Paz y No violencia a la vez que su organización se posiciona contra la OTAN, el mismo festival que dona dinero a ONGs que hacen una loable labor, nunca apoya expresamente a colectivos que realmente luchan por una revolución social. El Rototom que lanza mensajes de libertad pero no se define abolicionista de la prisión, ni de la policía como institución, este año propuso como escenario itinerante una cárcel y llevó a la banda de rap político más importante del país a dar un concierto dentro de la prisión. El show debe continuar, y ante todo frivolidad y banalidad, en la eterna dicotomía de los que apelan a la paz y al amor con un público que luce en sus camisetas y banderas las imágenes del gran dictador etíope, ese líder del rastafarismo que dice la leyenda que ante él se postraban los leones pero detestaba que el pueblo aprendiera a leer.
En la vereda opuesta están los pequeños festivales de pueblo, los organizados por asociaciones sin ánimo de lucro con la que los jóvenes intentan combatir la despoblación rural o pequeños promotores que se juegan su tiempo y dinero (el poco que han podido ahorrar con su sueldo de currela) solo por dinamizar su ciudad. Quijotes luchando contra molinos. La cena está servida.
Somos responsables de que estos grupos económicos se hayan apoderado de nuestro ocio y nuestras subculturas. Elegimos todo el tiempo y la mayoría se decanta por el macro festival en vez de por el concierto que organizan los chavales de su pueblo. ¿Por qué hacemos botellón en los festivales gratuitos y pagamos barra en los macro festis? ¿Cuándo dejamos de ir a okupas porque no conocemos al grupo que toca? ¿Cómo permitimos que la escena la manejen los manager, muchos de los cuáles tienen ya ‘monopolio’ de los grupos más taquilleros y que están detrás de la organización de los festivales? Vaciaron de contenido nuestra cultura y no solo les dejamos, sino que les ayudamos.
Todo cotiza, las canciones son activos, los festivales nichos de inversión, el público moneda de cambio.
La cresta ya no tiene significado y hasta los policías lucen pelos y tatuajes de ‘rebeldía’ y las chupas de cuero no son marca de identidad exclusiva de los rockeros.
En el mar de recuerdos de los más viejos aún flotan los conciertos de S.A. en el Gaztetxe de Vitoria aunque no tengamos vídeos ni fotos que demuestren que estuvimos allí, las épocas en las que los grupos que más nos gustaban los formaban personas que al bajar del escenario eran nuestros compañeros de sindicato, las distris que se recorrían todos los conciertos con su puesto para intentar dar salida (con precios marcados) a los cds que coeditaban, los fanzines que nos enseñaron las verdades que nunca vendrán en los libros oficiales,…
Punks todavía quedan, pero la mayoría de festival. Personas con pelos de colores para la ocasión, rebeldes con camisetas que nadie va a escuchar, kalimotxeros sin clase, repetidores seriales del repertorio completo de la banda más comercial del momento a los que me gustaría preguntar, ¿de organizarte en tu curro como andas? Como dice la canción, son «anti todo pero haciendo nada».
Hace poco una compañera me dijo: hacemos lo que podemos por recuperar el ocio porque es importante a nivel político construir alternativas que nos vinculen fuera del negocio, pero somos las que somos, y damos hasta dónde podemos. Quizá la recuperación del ocio sea una batalla más que añadir a la agenda, tan importante como el ecologismo, el feminismo o el antimilitarismo. En el fondo, no es algo tan extraño, porque los anarquistas del siglo pasado levantaban ateneos con el mismo empeño que colectivizaban fábricas o campos. El pan quita el hambre, la cultura alimenta.
No todo está perdido. Lógicamente los grupos tienen que cobrar porque es su oficio y siempre estaremos del lado del trabajador, pero también tienen que demostrar esa conciencia de clase de la que alardean en sus temas para dejar de hacer el juego a los grandes festivales mirando para otro lado con las condiciones de otros trabajadores como ellos, y algunos, dejar de comportarse como patrones con los chavales que quieren dar vida a su pueblo y les llaman para tocar. También nosotras, las espectadoras, debemos dejar de comportarnos como esquiroles del rock, ya que muchos lavan su imagen con nuestra presencia. Nuestra entrada financia la explotación laboral de otras compañeras y la especulación.
Lorenzo Morales (El Noi del Sucre) durante un concierto ofrecido en el Viña Rock en el año 2012 dijo algo así como que «dar ejemplo no es una forma de demostrar las cosas, es la única».
Los buitres no saben cazar, se alimentan de presas moribundas. Pues aquí no se ha muerto nadie, boicot y sabotaje a los macro festivales.
