La resistencia libertaria contra el franquismo

80 ANIVERSARIO DEL PERIÓDICO CNT

Durante las décadas de los 50 y 60 se produjo un aumento de las
acciones insurgentes para desestabilizar al régimen y provocar una
reacción en el exterior que nunca llegó.

I. Nistal | Periódico CNT

Ilustración: Carlos Azagra

Si durante la década de los 40 la Confederación tuvo como principal
misión sobrevivir ante los estragos provocados por la guerra,
mermada sustancialmente su militancia y tratando de reorganizarse
tanto en el interior como en el exterior, durante la década de los
1950, pero especialmente a
partir de los 60, se produjo un repunte de su actividad conspirativa,
que si bien no tuvo los efectos deseados, si mostró a una
organización más acorde con su espíritu de lucha.

En 1951 se produjo en Barcelona
y Euskadi sendas huelgas ante las penosas condiciones de vida de sus
habitantes, explotando por momentos la conflictividad social que el
régimen había mantenido hasta entonces. Si bien ambas huelgas se
produjeron de forma espontánea, sin poder adjudicarla a ningún
sector u organización antifranquista en concreto, si es cierto que
el enorme poder que antaño tuvo la CNT, especialmente en Barcelona,
seguía de alguna forma u otra latente en el ambiente. Como ejemplo
basta recordar la octavilla que circuló profusamente durante la
huelga de Tranvías en Barcelona:


“Para arreglar lo de los
tranvías,


id a buscar a Facerías.


Contra el requeté,


¡viva Sabaté!”

Precisamente la labor de estos
guerrilleros libertarios, los llamados maquis, y la de otros como
Massana o Caracremada, también mantuvieron un elevado nivel de
agitación y de alerta por parte de las autoridades franquistas,
convirtiéndose en los enemigos principales del régimen. Para
liquidar a Sabaté y cuatro de sus hombres, se empleó todo un
destacamento de cien guardias civiles más todos los somatenes de la
comarca. Finalmente el Quico sería abatido el 8 de enero de 1960 en
Sant Celoni.

Mientras
tanto, la propia CNT comenzó a plantearse la organización de
acciones subversivas, creando el organismo secreto Defensa Interior
(D.I.), tras el Congreso de Limoges de 1961 ya reunificado el
sindicato tras anteriores desencuentros y escisiones. Fueron
encomendados para la tarea miembros pertenecientes a las tres ramas
del MLE (Movimiento Libertario de España), coordinado por Acracio
Ruíz y Cipriano Mera (por la CNT en Europa), Juan Jimeno (por la CNT
en África), García Oliver y Germinal Esgleas (por la FAI) y Octavio
Alberola y Vicente Llansola (por las Juventudes Libertarias). A pesar
de no lograrse el objetivo de acabar con Franco, García Oliver si
destacó lo fructifero del proyecto: `realizó
una labor de seis meses de duración, en la que sus miembros tuvieron
en jaque a las fuerzas represivas en algunas ciudades españolas
(Madrid, Barcelona, Valencia y San Sebastián), manteniendo al
dictador Franco en un acoso tan enérgico que éste llegó a
prescindir de todos los medios de transporte terrestre, saliendo en
helicóptero de sus jardines de El Pardo´.

Como
nos cuenta a día de hoy Alberola, la misión terminó tras la
ejecución en Madrid de Francisco Granado y Joaquín Delgado, en
agosto de 1963, a lo que se sumó la detención de Cipriano Mera y
casi un centenar de jóvenes libertarios por las autoridades
francesas. Unas autoridades que no dudaron en colaborar con el
régimen de Franco y que pronto suspenderían las publicaciones
libertarias en el exilio, teniendo el
CNT
que pasar a formar parte del seminario
Espoir.

La
colaboración de las autoridades de ambos países, las más que
probables infiltraciones, la actitud paternalista de algunos de los
miembros más destacados y las eternas divisiones internas
provocaron, no sólo el declive de D.I., si no del propio movimiento
libertario, incapaz de conectar con su realidad, algo que siempre
había sido una de sus señas de identidad, y por lo tanto, sin estar
a la altura de las circunstancias.

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