1939 y 2017: exilios no comparables

Una de las dolencias habituales dentro del movimiento comunista y adyacentes es el “síndrome Lenin”, que genera en el individuo afectado -generalmente, como consecuencia de una lectura copiosa y mal digerida de la vulgata marxista-leninista- la irreprimible idea de considerarse el deus ex machina de la revolución y el cambio social. Entre sus síntomas habituales se halla el de la emulación, esto es, el de considerarse una reencarnación del publicista y político ruso sin necesidad de dejarse perilla, perder abundante masa capilar o escribir en caracteres cirílicos.

Podría parecer lo anterior una broma un tanto arbitraria lanzada a modo de pulla, pero tenemos precedentes tan cercanos y conocidos como el de Santiago Carrillo, capaz de sacrificar principios, identidad, historia e incluso la propia organización con tal de adelantarse a lo que él pensaba que iba a ser el compás del momento: la flexibilidad por encima de cualquier otra cosa. Por ende, nada de extraño podemos encontrar en que uno de sus discípulos, no por inconfeso menos reconocible, reproduzca estas enseñanzas. Sí, hablamos del vicepresidente del Gobierno y secretario general del Gobierno, Pablo Iglesias.

El pasado 17 de enero, en un programa televisivo, volvió a demostrar como egregio representante de la tradición comunista del “síndrome Lenin” su preferencia por la táctica y el regate corto. A una pregunta, bastante maliciosa por cierto, del entrevistador, contestó que para él el actual exilio de un puñado de políticos catalanes es comparable al que vivieron -sufrieron mejor dicho- infinidad de personas, con cargo y sin cargo, catalanas, extremeñas, vascas, andaluzas, gallegas y un largo etcétera más, en la largo noche que se cernió a partir de 1939. Queremos entender que con ello no pretendía establecer un símil histórico, sino hacer un guiño hacia ciertas fuerzas contendientes en las elecciones catalanas del 14 de febrero.

Pero lo que tal vez sea -o no- una muestra de inteligencia política, de “patear el tablero”, es, para quienes estamos en él, un agravio para la historia y para la memoria. Ojo, que esto no va de desdeñar la negación de derechos fundamentales, la represión de las libertades más elementales o la existencia en la cárcel de personas presas por cuestiones políticas, que en muchos casos tienen además que soportar la dispersión de sus tierras de arraigo. Tampoco de retirar la condición de exiliado de Carles Puigdemont y de quienes se han visto forzados a huir tras la persecución jurídico-policial desatada por su cuestionamiento del statu quo territorial.

Lo que ocurre es que militamos en un sindicato de trayectoria centenaria, que ha soportado -y luchado- contra distintos tipos de Estado, algunos de los cuales presentaban mayor tolerancia -y por tanto ofrecían más margen de maniobra- y otros menos, cuando no ninguna. Por eso, entendemos que comparar al Estado español de 1939, conformado sobre las ruinas de una guerra y presto a la represión, la venganza y el asesinato, con el de 2021 es o bien una pueril fantasía, o bien una ingenuidad calamitosa, ambas impropias de quien quiere tener una mínima incidencia en la realidad.

O, en el caso de ocupar un puesto de la responsabilidad institucional de Iglesias, el culmen de la hipocresía política.

El mejor remedio para el “síndrome Lenin” es un análisis reposado, sereno y contextualizado de los procesos revolucionarios históricos. Puede que eso sirva para que la próxima vez, antes de soltar cualquier genialidad, se sopesen las cosas dos veces, pero lo que sí es seguro es que no se volverá a pensar que los grandes cambios políticos y sociales surgen maravillosamente de la mente de individuos aislados en sus despachos. No, estos salen de las acciones de las masas, como aquellas que en 1939 huyeron de España ante la amenaza dolorosamente cierta del paredón.

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