Cien mil vidas malgastadas por cada mandamiento

DOSIER: Ni Dios ni Amo | Ilustración de Adrok | Extraído del cnt nº 440

Se cumple un año del último episodio de guerra en oriente próximo. Muchas otras matanzas precedieron a esta, y quizá, no sé si por sensación o esperanza, da la impresión de que se está narrando de forma más objetiva.

Con todo lo que hemos visto y leído, Israel justifica el genocidio como su derecho vital a defenderse. Resulta irónico pensar que sus verdugos de antaño también hablaron de su «espacio vital» (lebensraum, spazio vitale o hakkô ichiu), de la necesidad de matar y expandirse para que su «pueblo» siguiese vivo.

Es evidente que el movimiento libertario comparte visión con quienes analizan el conflicto desde un punto de vista materialista y desgranan los intereses económicos y geoestratégicos de los poderosos. Y lo hacemos mucho más si cabe con quienes se conmueven y denuncian las atrocidades criminales y la vulneración de todo tipo de derechos humanos.

Pero hay otro factor esencial sobre el que hay que insistir al hacer un análisis de la situación de la zona y de la actitud de los protagonistas involucrados: estamos hablando de uno de los enclaves religiosos más importantes de todo el planeta, cuna de 3 de las 4 religiones con más seguidores del mundo: el cristianismo, el islam y el judaísmo. No hay ninguna duda de que esto es un factor de estímulo en el comportamiento agresivo, porque cuando nos hablan de «culturas diferentes» prácticamente se están refiriendo a la religión. Cualquiera diría que si dios es amor, como nos repiten incesantemente, ese sería uno de los lugares más amorosos y pacíficos de la tierra. Lamentablemente nos han dejado claro que no es así.

Las disputas territoriales, como única causa del conflicto, no explican la magnitud de la tragedia. Nadie se está matando durante décadas, cometiendo atrocidades, desarrollando secuelas psicológicas, viviendo atemorizado y armado, sin importar si se ataca y mata o amputa a niñas o personas adultas, si no tiene un respaldo metafísico para hacerlo. La defensa del Estado y de su naturaleza depredadora, que desde luego está presente sin duda alguna en la lógica sionista, y en menor medida en las aspiraciones de algunos palestinos, necesita la utilización de la mitología para dar cuerda a las aberraciones que cometerán sus militares. En sus declaraciones efectivamente hemos visto la referencia a la presencia bíblica de los judíos en la zona, como si el infame libro fuese un registro catastral objetivo que 2500 años después justifique la creación de un Estado surgido de la nada.

No puede haber muchas dudas de que hay tierra y recursos suficientes para vivir, alimentarse y disfrutar de la vida en paz para todos los pueblos. Sus confesiones religiosas solo han aportado un eterno pretexto para la discriminación, la ignorancia, la sumisión, la pobreza y la muerte

Netanyahu, como muchos antes que él, ha estado jugueteando con los grupos ultraortodoxos para utilizarlos como colonos de su «tierra prometida», al mismo tiempo que no ha dudado en emplear las porras y los gases contra otras facciones del sombrero y los tirabuzones que abominan del Estado, demostrando la concepción utilitarista que tienen de los fieles.

Es curiosa también la oposición al Estado de Israel de determinadas corrientes del judaísmo ultraortodoxo, puesto que eso «ahora no toca» según su mitología. Antes tiene que llegar el mesías, el bueno, el de verdad. El del cristianismo no vale. A Jesucristo se le considera el más falso de todos los profetas. Dentro de la utilización de mitos para afianzar el poder, el desvarío irracional campa a sus anchas. Para provocar la llegada del mesías y dar por buena la fundación de Israel, antes tiene que nacer un ternero de pelo absolutamente rojizo para poder construir de nuevo el Templo de Jerusalén. Y esta sinrazón les aboca a hacerlo justo en el sitio que ocupa ahora mismo la explanada de las mezquitas. Algunos andan con embriones y decenas de miles de euros detrás de conseguir el animal por ingeniería genética, y por ende la justificación de una nueva matanza, quizás la definitiva.

Cerca dicen que vino a nacer Jesucristo, pero lo que en realidad nació fue un comercio floreciente de manos de la madre del emperador Constantino, que «encontró» por casualidad y muy convenientemente toda una serie de escenarios del Nuevo Testamento: el jardín de Getsemaní, el santo sepulcro, etc. Para corregir la falta de historicidad que la ciencia señalaba, vino el Concilio de Trento a decir que no se requería la absoluta certeza de la autenticidad de una reliquia para adorarla (De Veneratione Sanctorum, sesión 25), algo aplicable a los «santos lugares». Y el progresista Vaticano II siguió la senda: «Aunque en algún caso la reliquia no fuera verdadera, los fieles no yerran formalmente en su culto, porque siempre lo hacen con la tácita condición de venerarla ‘si es verdadera’». (Sala, p.20).

Su «tierra santa» fue reclamada, como no podía ser menos, a lo largo de los siglos con violencia. Hay crónicas que hablan del nivel de la sangre llegando a la altura de las rodillas de los caballos (Deschner, K. Historia Criminal del Cristianismo). Y acostumbrados a que la violencia siempre se atribuya a la religión de otros, pronto se nos olvidan los episodios de violencia por la disputa actual del acceso a esos «santos lugares», o por la prevalencia del cristianismo en la zona. En este sentido es inevitable hablar de la creación de la Falange Libanesa (inspirada en la Falange española y el fascismo mussoliniano) por los católicos maronitas para combatir el aumento de los musulmanes en el país, que se empezó a producir por la llegada de refugiados palestinos desde la Nakba. Fueron los autores de varias matanzas significativas:

  • Masacre de Karantina (enero del 76):  1500 muertos
  • Masacre de Tel al-Zaatar (agosto del 76): 2000 muertos
  • Masacre de Sabra y Chatila (1982): 3500 muertos

En septiembre de 2012, treinta años después de Sabra y Chatila, Benedicto XVI visitó el Líbano para instar a la convivencia pacífica, pero curiosamente no hizo ninguna mención a aquellos asesinatos. Hubiera sido una buena oportunidad puesto que sentados en primera fila, se hallaban miembros de la Falange Libanesa presuntamente responsables de aquellas muertes.

Ese mismo epicentro del conflicto llamado Jerusalén, como hemos mencionado antes, contiene el tercer lugar más sagrado para el islam (tras la Meca y Medina): la explanada de las mezquitas. Como las tres religiones tienen un tronco común en la mitología del Antiguo Testamento, el enclave cobra mucha importancia para todas ellas. Porque allí precisamente se supone que sucedió aquella barbaridad de Abraham intentando sacrificar a cuchillo a Isaac (o Ismael según el Corán) porque dios lo había ordenado, pero solo para probarlo. El Domo de la Roca, construido por los omeyas y famoso por su cúpula dorada, dicen que alberga la piedra de aquella historia, utilizada más tarde por Mahoma, su profeta, para ser elevado al cielo.

A partir de ahí toda una serie de interpretaciones coránicas y genealógicas provocan una división entre musulmanes que enfrenta a unos países árabes con otros. Chiíes, suníes, sufíes o salafistas (por citar algunas de las corrientes más importantes) suman sus enfrentamientos religiosos a los provocados por las alianzas o enemistades con el imperialismo, primero británico y más tarde estadounidense.

Todos ellos sostienen de un modo u otro la discriminación de la mujer, de las sexualidades no normativas, la condena del librepensamiento (ateísmo) y la sacralización de la propiedad privada. Algo que también comparten con los otros adalides del patriarcado: judaísmo y cristianismo.

Curiosamente, los cristianos países occidentales han patrocinado a menudo el ascenso de las interpretaciones más bestias del Islam, en detrimento de otras más conciliadoras y respetuosas. ¿Ejemplos? La financiación de un incipiente Hamás por el Mossad israelí, los freedom fighters de la CIA norteamericana o los lazos económicos de la Unión Europea con las petromonarquías de Arabia y Qatar, promotoras del salafismo.

No puede haber muchas dudas de que hay tierra y recursos suficientes para vivir, alimentarse y disfrutar de la vida en paz para todos los pueblos. Sus confesiones religiosas solo han aportado un eterno pretexto para la discriminación, la ignorancia, la sumisión, la pobreza y la muerte.

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