La “sutileza” con que las mujeres son
discriminadas, sometidas e infravaloradas a diario, hace que el machismo
escape en muchas ocasiones a la reflexión crítica de la sociedad.
Las imposiciones directas o indirectas sobre la apariencia física de la mujer -con los consiguientes juicios de valor sobre ésta- perpetúan la estructura patriarcal, evidencian la desigualdad entre hombres y mujeres y cosifican el cuerpo de la mujer,
tratándolo como un objeto para el uso y disfrute masculino. Una
demostración de poder en la que el hombre produce para el hombre, que
siempre es el cliente potencial; el espectador medio; el accionista
mayoritario.
