El legado de ‘La Libertaria’

MEMORIA HISTÓRICA | Ilustración por El Bellotero | Extraído del cnt nº 435
Hablamos con Rosa Pérez, nieta de María Silva ‘La Libertaria’, para recuperar la figura de esta mujer anarquista que vivió la masacre de Casas Viejas de 1933 y fue posteriormente represaliada.

«Niña, ¿tú sabes de quién desciendes?» La pregunta retumbó en el aula, y por unos segundos todos los alumnos esperaron a que el profesor diera la respuesta. Pero el docente, a pesar de que los ojos de Rosa imploraban una explicación, siguió impartiendo clase como si no hubiera dicho nada. Tampoco al llegar a casa, esa adolescente que acababa de pasar por el quirófano para quitarse un sexto dedo del pie obtuvo mucha más ayuda. Al contrario, su madre se puso muy nerviosa y le hizo prometer que no iba a comentar nada al padre sobre ese tema.

¿Quién fue Francisco Cruz? ¿Dónde está Casas Viejas? Rosa cada vez tenía más piezas sueltas pero no conseguía encajar el puzle. Franco acababa de morir, pero el silencio impuesto por la dictadura aún perduraría unos años más. Capitán Rojas, Manuel Azaña, María Silva… Más nombres y más interrogantes. «Tus abuelos eran muy buenos, por eso les mataron», era una de las pocas frases que, casi entre susurros, lograba arrancar a los vecinos más viejos. Y poco a poco fue atando cabos, aunque no fue hasta la publicación del libro ‘Del crimen a la esperanza’ de Gutiérrez Molina cuando por fin Rosa pudo conocer toda la verdad sobre su familia y la masacre de Casas Viejas.

Descendiente directa del Seisdedos, nieta de María Silva, La Libertaria, heredera de un sexto dedo y de un gen mucho más dominante: el revolucionario. Activista destacada en asociaciones memorialistas, igual que sus antepasados calcinados en una choza de paja por defender la dignidad, Rosa no puede permanecer impasible ante la injusticia. Su voz se enciende cuando habla de aquella trágica noche de 1933, pero se acalora mucho más cuando ve que, casi un siglo después, la juventud andaluza no tiene futuro o que su hijo trabaja catorce horas diarias como hacía el Seisdedos. No tira de arado ni lleva carbón en grandes sacos, pero no tiene ni contrato ni seguro. Nada ni nadie puede callarla, ni siquiera la mezquindad del alcalde socialista de San José del Valle que se niega a abrir las fosas comunes. «Cada persona tiene un propósito en la vida», repite varias veces a lo largo de la charla para justificar la tenacidad con la que dedica casi todo su tiempo a recuperar la memoria de los represaliados. Los suyos tienen la particularidad de que fueron asesinados por la República, perseguidos por el fascismo e ignorados por la democracia.

Descendiente directa del Seisdedos, nieta de María Silva, La Libertaria, heredera de un sexto dedo y de un gen mucho más dominante: el revolucionario. Activista destacada en asociaciones memorialistas, igual que sus antepasados calcinados en una choza de paja por defender la dignidad, Rosa no puede permanecer impasible ante la injusticia.

La primera vez que visitó Casas Viejas entendió hasta qué punto ha calado en la sociedad la frase ‘España no necesita hombres que piensen sino bueyes que trabajen’. Tuvo que tragar saliva cuando en el bar del pueblo le dijeron, ignorando quién era, que basta ya de remover la historia de los muertos. Pero ella sigue empeñada en escarbar las cunetas regadas por la sangre de aquellos que llevaron hasta las últimas consecuencias el ideal de que la tierra es para el que la trabaja. Y por muchas veces que las haya contado, no puede evitar estremecerse cada vez que recuerda las penurias que sufrió su abuela, una de las pocas supervivientes de la masacre de Casas Viejas al escapar protegida por una burra que fue abatida a tiros por los guardias.

¿Pero qué fue lo que realmente pasó en esa pequeña aldea gaditana que precipitó la caída de Azaña? No era para menos, ya que fue uno de los episodios más crueles y sangrientos del último siglo.

Cansados de trabajar de sol a sol y de que la prometida reforma agraria nunca llegara, un grupo de jornaleros de CNT decidió poner en práctica lo que García Oliver definió como ‘gimnasia revolucionaria’ para evitar que se consolidara la república burguesa. En la madrugada del 11 de enero, se proclamaba el comunismo libertario en Casas Viejas, y pocas horas después la Guardia Civil tomaba el pueblo con una orden clara emitida desde Madrid: acabar con la insurrección abriendo fuego sin piedad. El sanguinario capitán Rojas fue el encargado de ejecutarla. El Seisdedos, un viejo carbonero de al que se acusaba de ser el líder de la revuelta, resistió en una choza de paja junto a parte de su familia.

Mientras era esposada, tuvo tiempo de sentir el olor a carne quemada que por varios días quedó impregnado en el pueblo y de ver cómo los perros devoraban los restos de sus familiares, una imagen que nunca olvidaría.

Repelieron los primeros ataques, hasta que los guardias de asalto incendiaron la precaria vivienda. Pero la represión no cesó con ese salvaje acto. Por eso en las fotos de la masacre aparecen tendidos en el suelo jornaleros vestidos y no quemados, contradiciendo la versión oficial de la República, que aseguraba que todos los muertos habían caído en el asalto a la choza. A la mañana siguiente, las tropas detuvieron y fusilaron a otras doce personas «y si llega a ser por Rojas, quema la aldea entera. Tuvieron que convencerle para que no lo hiciera», asegura Rosa. El saldo de la masacre, además de los muertos, dos viudas con once niños a su cargo.

El pequeño Sidonio pasa entonces a llamarse Juan y es bautizado a la fuerza. Empieza así la represión contra la nueva generación. Aunque Francisca se niega a exiliarse, como hacen algunas de sus primas, rápidamente entiende que Paterna no es un lugar seguro. Hay un suceso que se lo deja claro. Cuando Juan tiene solo cinco años, es atropellado por un coche conducido por un falangista que intentaba «acabar para siempre con la estirpe». El niño se recuperó de las lesiones y creció en los cortijos en los que su tía servía de sol a sol. Allí Juan aprendió a leer y a escribir; también a callar. Entre los muchos derechos perdidos, especialmente doloroso fue la privación de los recuerdos. Como los de tantos otros niños del bando de los vencidos, los labios de Juan quedaron sellados. Rosa nunca escuchó de la boca de su padre nada sobre su familia, pero este humilde electricista no necesitaba las palabras para transmitir la herencia de los apodados seisdedos. Prefirió el ejemplo. En cada cumpleaños, su casa se llenaba de regalos anónimos. Eran las muestras de agradecimiento de sus vecinos, a los que nunca quiso cobrar por los muchos favores y trabajos que les hizo. «Siempre decía que eran pobres, que no podía pedirles nada. Mi madre se enfadaba y le decía que al final los pobres íbamos a ser nosotros, pero era incapaz de cobrarles», recuerda Rosa, que tiene guardada a fuego en su cabeza otra lección paterna, la de plantar árboles frutales por las cunetas para que pueda comer la gente que no tiene recursos, y que cuando estos se sacien, se alimenten los pajarillos. «Ser honrado cuando tienes las necesidades cubiertas, es más o menos sencillo. Lo complicado es serlo cuando careces de todo, y mi familia lo ha sido siempre», asegura con orgullo esta gaditana que antes de que su padre falleciera, al menos, pudo restituir parte de su identidad robada. En el DNI, le habían puesto como fecha de nacimiento el 18 de julio, otra sutil humillación. Casi sin fuerzas para mantenerse en pie, Juan pudo completar los trámites para que se cambiara por la auténtica y morir tranquilo. «Un Guardia Civil nos confesó que siempre nos habían tenido bajo vigilancia, incluso bien entrada la democracia», afirma Rosa, que mira de reojo al pasado pero sin perder de vista el futuro. «No tengo miedo a la derecha y su resurgimiento porque ya sabemos lo que proponen; me asusta más la izquierda enmascarada. Mi abuela dio la vida por conseguir unos derechos laborales que nosotros estamos perdiendo. Hoy en día sigue el caciquismo y el miedo a hablar de más», sentencia.

«No tengo miedo a la derecha y su resurgimiento porque ya sabemos lo que proponen; me asusta más la izquierda enmascarada. Mi abuela dio la vida por conseguir unos derechos laborales que nosotros estamos perdiendo. Hoy en día sigue el caciquismo y el miedo a hablar de más»

También la Libertaria, que se había escondido en casa de un familiar tras pasar dos días en el monte, es detenida y llevada a la cárcel de la vecina localidad de Medina Sidonia. Mientras era esposada, tuvo tiempo de sentir el olor a carne quemada que por varios días quedó impregnado en el pueblo y de ver cómo los perros devoraban los restos de sus familiares, una imagen que nunca olvidaría. Entre rejas, La Libertaria conoce a Juan Miguel Pérez Cordón, que acabó siendo su pareja sentimental y la primera persona en sacar a la luz los sucesos de Casas Viejas en el periódico de la CNT. Tras la puesta en libertad de La Libertaria, apodada así tras abofetear a un guardia que le recriminó el uso de un pañuelo rojinegro, la pareja se trasladó a Madrid. Fueron pocos meses en la capital, pero muy intensos, en los que entablaron contacto con grandes figuras del anarcosindicalismo como Federica Montseny. Sin embargo, el nacimiento de su hijo les hizo regresar al sur, a Paterna, donde les sorprendió el inicio de la Guerra Civil. Juan Miguel decide huir en una larga travesía a pie hasta Cartagena mientras que María se queda con el pequeño en casa porque se suponía que la persecución solo era contra los varones. «Seguramente a mi abuelo esa decisión le pesó hasta el momento de su muerte, poco antes de acabar la guerra», asegura Rosa. Y es que apenas unos días después del levantamiento militar, La Libertaria es apresada, y junto a otras compañeras como Ana Castejón, purgada, pelada y conducida a la puerta de la iglesia para que el cura les sacara el demonio comunista. El 24 de agosto, es ejecutada sin que todavía se hayan podido encontrar sus restos. Pero antes de caer abatida por las tropas fascistas le da tiempo de entregar a su hijo a su cuñada Francisca.

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